LA MODERNIDAD CHICHA

El regreso

 

Regreso a mi ciudad como siempre, el taxi hace el recorrido entre el aeropuerto y la ciudad, mientras veo por la ventana los hermosos volcanes tutelares aún nevados y es que pese a que tenemos un sol maravilloso hay un aire frío que me recuerda a la infancia. A pesar de que no vivo aquí, siento que esta ciudad es mía, me pertenece y será el lugar donde terminarán mis cenizas.

No puedo dejar de observar los detalles de las calles, de la paleta de colores que tiene la Blanca Ciudad y es un hecho que Arequipa no es la misma y nunca más volverá a ser la misma, desde las nuevas urbanizaciones que crecen invadiendo la campiña que nos circunda, la gente que en gran medida son los nuevos arequipeños, hijos de migrantes o los infaltables malls comerciales, repletos de tiendas por departamento que para muchos es el verdadero signo de “modernidad”.

La economía de mercado, determina la conducta de los consumidores y sentimos que si Arequipa tiene un Plaza Vea, un Wong o un Cine Planet, ya estamos a la altura de las grandes ciudades, pero nos olvidamos que no es eso lo que necesitamos para ser una ciudad moderna; si no cambiamos como seres de una ciudad avanzada, todo lo anterior será absolutamente superficial, como que de alguna manera lo es, cuando comprobamos que tenemos autoridades elegidas por nosotros que no saben ni siquiera cómo resolver el problema del recojo de basura para mantener limpia la ciudad.

Es increíble ver cómo urbanizaciones como Piedra Santa, cuyos habitantes arrojan sus bolsas de basura a la berma central, como si sacar la basura de casa para tirarla a la calle, fuera signo de buenas prácticas saludables. Limpiamos la casa pero ensuciamos la calle. Si eso pasa en lugares cuyos niveles de ingreso superan largamente el sueldo mínimo, ya pueden darse cuenta lo que pasa en el resto de la ciudad.

En ciudades modernas, el sistema de recojo de basura se hace única y exclusivamente de noche, sin campanitas molestas ni musiquitas insoportables, por más que se trate de “Para Elisa” de Ludwig Van Beethoven y con la frecuencia que requiere una gran ciudad y no dos o tres veces por semana. Aquí aún se sigue dando el servicio como si los habitantes de Arequipa fueran el mismo número de hace 20 años y la gente sigue comportándose como si no supieran que son parte del cambio. ¿Por qué los alcaldes distritales no asumen su rol de administradores de la ciudad y se dedican a mejorar los servicios más elementales pero bien?

Arequipa era un ejemplo de ciudad limpia y los visitantes se maravillaban de la conducta ciudadana de los arequipeños, pero eso ya no es más un signo de identificación. Hoy Arequipa es una ciudad sucia, en gran medida por nosotros mismos, pero fundamentalmente por los alcaldes que siguen pensando en cubrir sus distritos de cemento para poner sus placas de bronce donde figurará en letras de molde, su nombre para la posteridad, en lugar de pensar en soluciones prácticas que coadyuven a cambiar el perfil de sus ciudades camino a la ansiada “modernidad”.

Mientras tanto, a lo único que vamos es a la “modernidad chicha”, esa que nos lleva como objetos flotantes sobre la corriente que va a no sé dónde y que termina no sé cuándo.

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