¡NO, CIPRIANI!

La columna

Si hay una crisis de vocaciones sacerdotales, de católicos practicantes, de cuantiosas recaudaciones y otras manifestaciones de la predominancia de la fe católica en el país y en el mundo entero, se debe, en mucho, a “pastores” desubicados, soberbios, irracionales, autoritarios y de escaso o nulo mérito personal, como el caso del primado de la Iglesia Católica en el Perú, Monseñor Luis Cipriani.

Desde que se hizo un personaje mediático, siempre ha desempeñado el rol del “malo” en cuanto suceso, debate o posición que ha asumido. Y no se trata de un complot de los medios, como pareciera, dado que, en el Perú, la mayor parte de las empresas de comunicación pertenecen al sector político que defiende Cipriani. Tan es así que los más grandes como el diario El Comercio y la emisora RPP le signan espacios para que pueda expresarse ampliamente, privilegio casi exclusivo del Cardenal del Perú.

¿Y cómo lo usa? ¿Transmite acaso afecto, respeto por los demás, voluntad de perdón, humildad y generosidad de espíritu? Las veces que lo he oído de manera casual o cuando lo escucho declarar sobre asuntos políticos del país defendiendo invariablemente las posiciones más conservadoras, no puedo sino rebelarme a la autoridad que, no se sabe a mérito de qué, ejerce en el país, muy a pesar que, en la forma, somos una nación laica y con libertad de culto.

El gesto agrio, la mirada turbia, los labios delgados y apretados con las comisuras hacia abajo, la nariz afilada, todo en él parece anunciar dureza, frialdad, ambición de poder. Nada más alejado al mensaje cristiano de amor incondicional, perdón, humildad, desprendimiento, inclusión y tolerancia, aunque las escrituras no usaban esos términos ahora atribuidos a los “caviares”, a quienes ha identificado como enemigos el Cardenal. Ahí radica buena parte del conflicto con la PUCP. La otra, tiene que ver con los bienes y rentas de la universidad.

Pero a pesar de la gran influencia de la Iglesia Católica en el país, donde aún son multitudinarias las procesiones del Sr. De los Milagros y las de Semana Santa, o las peregrinaciones en homenaje a la Virgen de Chapi, algo que políticos avezados han identificado perfectamente como fuente de adhesión popular (recuerden a Alan García cargando el anda del señor morado y al ateo Juan Manuel Guillén peregrinando a Chapi); el último ex abrupto de Cipriani, contra un personaje tan querido como el padre Gastón Garatea, ha sido una especie de detonante.

Sacerdotes, gente pía, personas influyentes y mucha gente de a pie ha salido esta vez a decirle un No rotundo al cardenal. Todo tiene un límite y Cipriani ha estado jugando con las llamas, al borde del incendio, en la creencia que su poder –que ciertamente lo tiene- era superior a la razón. Como el opio, la influencia de los dogmas religiosos, el temor a lo desconocido y la certeza de nuestra insignificancia dentro del universo, tienen un límite en sus efectos aturdidores. Tarde o temprano, la inteligencia humana, en constante evolución, desterrará los dogmas religiosos de la vida civilizada. Ni los católicos radicales, ni los protestantes liberales, ni los fanáticos musulmanes podrán imponer a la moderna sociedad que se gesta en las nuevas generaciones, sus intereses disfrazados de fe.

Esa es nuestra esperanza.

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