Señor Campo, Señora Ciudad

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Voracidades urbanas y debilidades campestres

No ha sido motivo de celebración y, tal vez, no tenía por que serlo. Me refiero a un hecho estadístico ocurrido recientemente donde, por primera vez en la historia, hemos dejado de ser una especie rústica gracias a que la mayoría de humanos parecieran haber acordado que el mejor lugar para vivir –o para sobrevivir- ya no es más el jardín del edén sino la ciudad. Ahora somos una especie básicamente compuesta por urbanitas, con mas de la mitad de la población mundial viviendo hoy en ciudades. Este pequeño pero muy significativo hecho ha representado, nada mas y nada menos, que el inicio de una nueva era para la humanidad y, concientes o no, hemos tenido la gran “suerte” de ser parte de este acontecimiento, único en la historia del planeta.  Lo malo de este asunto es que poco a poco el campo continuará despoblándose y la gran mayoría de ciudades acusarán incrementos poblacionales importantes, en la medida que se vuelvan mas pujantes y mas atractivas. Habrá entonces más demanda de vivienda y servicios, lo que requerirá, a su vez, de más suelo urbano e infraestructura básica. Con un campo poco poblado, y cada vez menos atendido, las provisiones de alimento y materias primas, que orondas y tranquilas consumían nuestras ciudades gracias al trabajo de los campesinos, ahora tendrán que ser producidas apresuradamente en gigantescas fábricas verticales, como parte de una masiva mecanización del agro; lo que terminará por borrar del mapa esos bucólicos paisajes del ayer, como aquellos apreciables y magníficos murales dejados por el maestro Núñez Ureta que, desde niño y cuando era asiduo comensal del entonces Hotel de Turistas de Selva Alegre, me transportaban a los fértiles dominios de un señor Campo muy bien acompañado de una elegante señora Ciudad. Eran tiempos de la Arequipa de antaño, esa Arequipa que, comparada con la actual, motiva profundas y justas añoranzas que seguiran vigentes en la medida que la Arequipa de hoy no sea mejor que la Arequipa de ayer, es decir, cuando Arequipa era una Señora Ciudad.  Esa era la Arequipa de cuando nos conocíamos entre casi todos; de cuando las caras no eran tan extrañas y tan ajenas y de cuando las sonrisas eran amables y sinceras y el don de gentes, pan de cada día.  De cuando el campo se podia otear desde cualquier techo de la ciudad, y cuando desde el campo apenas se podia percibir la presencia citadina. Hoy, la historia es diferente. Hoy somos full fast food, full mall y full plasma.

Con este preámbulo, queda claro que la urbanización y la modernidad son un proceso imparable como inexorable; por ende, hoy, como nunca antes, se debe prestar especial atención a casos como el de Arequipa, donde gran parte del carácter de la ciudad se debe a la presencia del campo y donde gran parte de sus verdes campiñas se deben a la presencia de la ciudad misma. Sin embargo, ésta compleja relación entre el campo y la ciudad requiere de urgentes medidas y decisiones políticas para promover una convivencia que ponga freno al voraz apetito urbanizador. Queda muy claro que no es suficiente declarar la campiña en emergencia como tampoco basta consignarla como zona intangible. Cada dia la ciudad crece y se llena de urbanizaciones “ecológicas”, como si realmente lo fueran, y aunque sus eventuales residentes no lo crean, los cimientos de sus casas seguirán siendo de concreto y las varillas de refuerzo seguirán siendo de acero y los ladrillos seguirán siendo de arcilla, incluyendo sus modernos jardines que seguirán siendo cubiertos con el mismo pasto y árboles de cualquier otro barrio.

Conservar la campiña? Si, pero cómo? Que tanto se  puede exigir a sus propietarios para que la mantengan si caemos en la cuenta que, como negocio, el agro es poco rentable para el productor y muy rentable para el intermediario. De ahí la tentación de su cambio de uso cuando el flete resulta mas caro que la propia cosecha ó cuando jóvenes herederos han decidido no continuar con la tradición familiar.

Lo primero es empezar a reconocer los servicios ambientales que el campo nos ofrece a los urbanitas arequipenses. Gracias a la campiña tenemos desde donde apreciar nuestros volcanes, dónde sembrar nuestros alimentos y dónde recargar el acuífero. La campiña –tanto urbana como periurbana- permite oscilaciones térmicas menos extremas, haciendo los días veraniegos mas frescos y las noches invernales menos frías. Además, la campiña proporciona gran parte de un cinturón verde que fija el polvo proveniente del desierto que nos rodea. Vista desde el aire, Arequipa es un verdadero oasis en pleno desierto de Atacama; un punto verde en medio de una gran aridéz; aún asi, hay quienes la prefieren de modernos grises.

Imposible olvidar las enseñanzas del abuelo Sergio, hablándome de una Arequipa nacida del hogar compuesto por el Señor Campo y la Señora Ciudad, quienes han logrado, a través del tiempo, construir todo lo que hoy nuestros ojos ven y nuestra memoria recuerda; como aquellas jornadas dominicales de pic-nic familiar en Tingo y de campamentos scouts en Tiabaya. Tiempos aquellos cuando era posible gozar de un tranvía eléctrico para ir de Yahahuara a Paucarpata, de la Apacheta a la Antiquilla y de Miraflores a Tingo, hasta que la “modernidad” llegó y hoy lo hacemos a lomo de bestia, es decir, a lomo de combi o tico.

Todo lo que podamos hacer para que la pareja Campo-Ciudad se lleven bien es poco, habida cuenta que de su buena – o mala- relación dependerá nuestra misma existencia.   Ante ello, la necesidad de gerenciar este territorio urbano-rural dentro de un enfoque holístico, es decir, de manera integral y no de manera fragmentada, es mas urgente que nunca.  Pero claro, siempre habrá quienes sigan viendo en el campo un manto de verdes prados cubiertos no de vegetación, sino de verdes billetes arrumados unos encima de otros apenas el cemento cubra su frágil epidermis.

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