¿Existe el orgullo arequipeño?

El regreso

 

La primera vez que salí del país apenas había cumplido la mayoría de edad, buscaba mi destino lejos de la ciudad donde nací y quizá lo único que me interesaba era mi futuro; atrás quedaba el pasado y con él, todo lo que viví. Y es que los jóvenes miramos sólo para adelante, el pasado no importa y la historia, menos. Sin embargo, cuando uno deja el lugar donde nace, carga en sus adentros toda la nostalgia de los olores,  las sensaciones, los recuerdos, la familia y la ciudad, y eso no se olvida nunca.

Caminando por las calles de la ciudad de Buenos Aires, sintiéndome un ciudadano del mundo y ya casi viviendo un año en ese lugar, encontré una revista que tenía en su portada una fotografía del Convento de La Compañía, con esa filigrana tallada a pulso en el sillar y sobre ella decía con letras de molde: AREQUIPA.  Una extraña sensación recorrió mi cuerpo, algo hubo en esa palabra que me removió el alma y sentí por primera vez que esa ciudad me pertenecía.

Algo pasó aquella vez que hizo que tomara conciencia de mi identidad, esa palabra que encierra tanto sobre nuestra naturaleza y que casi nadie es consciente. A lo largo de mi vida he escuchado una serie de historias y chistes sobre arequipeños, pero sobre todo, una suerte de estigma que llevamos marcada en el alma, que “somos orgullosos de ser arequipeños”.

Arequipa ha cambiado mucho, las viejas familias arequipeñas ya casi no existen, la mayoría ha migrado a la capital o se ha ido fuera del país buscando oportunidades, como lo han hecho los puneños, cusqueños o abancaínos que han llegado a Arequipa en busca de un futuro para sus familias. Aquí han nacido muchos de los hijos de esos migrantes, jóvenes que se sienten igual de orgullosos de haber nacido en la Blanca Ciudad y que sienten que son arequipeños cuando llega el 15 de agosto y la ciudad se llena de arequipeñismo desbordante.

Estas últimas semanas en que hemos asistido a uno de los más grandes atropellos a la memoria colectiva y a la historia de esta ciudad, por parte del alcalde Alfredo Zegarra con sus faraónicas y “modernas” obras en Tingo y el Patio Puno, me doy cuenta que el “orgullo arequipeño” ese del que hablamos es sólo una palabra, que a los arequipeños se nos ha olvidado la identidad, que hemos dejado enterrado nuestro pasado, ese que nos dio origen y que nos hizo sentir tan orgullosos en el pasado.

Para los nuevos arequipeños no importa quién gobierne la ciudad, si echa cemento en grandes cantidades, entonces está bien, lo importante es que lo haga. Es como si todos esperaran que otro haga algo para entonces pensar en la posibilidad de sumarse a la protesta y para cuando eso pase, quizá ya sea demasiado tarde.  Nuestra capacidad de indignación ha quedado relegada por la inercia de las nuevas generaciones.

Somos una ciudad con arequipeños orgullosos de haber nacido aquí, pero sin identidad, sin ese sentimiento de pertenencia que hace posible que amemos y cuidemos el entorno donde habitamos; da lo mismo arrojar un papel a la calle, que permitir que las autoridades hagan lo que quieran; total, queremos una Arequipa “moderna” y de eso nos estamos sintiendo orgullosos.

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