La catedral sumergida

Varias cosas

1 Un hombre captura a su víctima y la aprisiona contra sus brazos mientras, con los ojos cerrados, escucha un preludio de Debussy. Las notas del piano vuelan cada vez más lejos, cada vez más hondo. El hombre se ha sumergido en la música como en un mar distante.  Pero entonces se interrumpe. Su víctima no se está quieta. Se mueve. El hombre se apresura a sujetar la bolsa de plástico con mayor firmeza y observa. Observa como intenta ganar aire, llenar los pulmones. Observa como aquellos pequeños ojos se abren y se cierran. Y luego observa como todo se hace inmóvil. Toca entonces a su víctima con el índice pero no percibe ninguna reacción. Dobla la bolsa reduciendo al máximo el espacio y de pronto ésta empieza a estremecerse con desesperación. El hombre le pasa la mano por la cabeza para apaciguarla. Le acaricia la espalda. Luego, con ímpetu, la comprime. Cuando deja de moverse la arroja a un rincón. Todo se ha consumado. El pequeño roedor yace sin vida.

Dino Jurado hilvana en su relato otro incidente. Esta vez se trata de una paloma. El protagonista recuerda que la atrapó mientras ésta tragaba una gota cristalina. Recuerda que saltó sobre ella como un gato y luego la encerró en una jaula. Cuando la paloma, a los pocos días, cayó en una depresión profunda el protagonista intentó liberarla. La devolvió al lugar donde estaba el sol y el agua (y el árbol de olivo) sin conseguir el perdón.  La tomó entonces en una mano y la lanzó con fuerza hacia el cielo tan azul. La paloma agitó las alas solo un segundo y luego cayó. El hombre recuerda haber escuchado el ruido seco contra la calamina del vecino. El tercer cuadro es solo un niño demente que tiene el poder de abrir la boca y dejar escapar un aullido espantoso.

Estas tres escenas flotan sobre el protagonista mientras este presenta evidencia de que su capacidad introspectiva es también profundamente fisiológica. Nos informa que le duele la espalda, que le sudan las axilas, que los dedos de sus pies se mueven hacia adelante y hacia atrás. Nos cuenta también que cuando vaga en lo hondo de la noche, entre la niebla, por la ciudad solitaria, visita el bar El Danubio. Porque es urgente por lo menos un tercio de ron.

Pero todo eso que Dino Jurado nos revela en su extraordinario relato Sigo Corriendo son hechos que están en la superficie. Debajo de ellos hay una catedral sumergida. El verdadero tema del relato. Un acontecimiento tan terrible que convierte al protagonista (y al lector) en un caballo desbocado.

2 Lo que hace tan especiales los cuentos de Dino Jurado es que están escritos en un estilo que maneja un doble registro. A través de una explícita actitud desapasionada, va deslizando situaciones no particularmente extraordinarias que, si no fuese por su esfuerzo en demostrarnos que no son más que hechos triviales, -por el afán encubridor de sus frases, de sus diálogos, del comportamiento de sus personajes-, no empezaríamos a sospechar que debajo realmente hay algo estremecedor, tal vez un grito, tal vez un espasmo de dolor, tal vez solo la penetrante conciencia de la soledad subyacente a todo lo humano.

Cierto: se nota que es un talentoso lector de Chejov, de Hemingway, de Carver. Pero Dino Jurado no es un epígono. Lo que hace tan potentes sus relatos es que allí se revela que ha visto, que sabe, que siente la impactante presencia de ese iceberg que es la vida. Por esta razón su perspectiva es la de un autor auténtico, no de alguien que simplemente quiere ser un escritor y aplica fórmulas y plantillas. Dino Jurado es uno de esos verdaderos cuya relación con la literatura es completamente antiprofesional. Escribió todos estos cuentos tan buenos en una temporada febril por una urgencia primaria. Luego lo dejó todo, vendió sus libros, se fue al Asia a hacer negocios, se fue a Europa a criar una familia,  quemó su libreta de direcciones. ¿Por qué hizo eso? Solo él lo sabe. Tal vez es miembro secreto de la tribu exaltada de Rimbaud, de esos que saben que la pasión creativa puede tener un efecto calcinante.

3 Conocí a Dino Jurado en la Universidad. Recuerdo que estaba leyendo unos poemas mientras atendía a una clase de estadística cuando sentí que alguien alargaba el cuello. ¿Qué lees?, me dijo. Luego, casi inmediatamente, se integró a las filas de nuestra revista Ómnibus. Era un tipo que a primera vista nos pareció rotundamente normal pero que luego, por alguna razón indescriptible, tuvimos que reconocerlo como el más extraño de los raros. Un raro no explícitamente raro. Supongo que no era tanto su aspecto, ni lo que decía o hacía, sino alguna invisible contaminación del recóndito océano que bañaba su aldea natal.

En la época remota de los casetes la pandilla solo escuchaba Beethoven y Pink Floyd. No sé por qué. Y entonces Dino Jurado apareció triunfante con un estuche que contenía cinco long plays de la Fania All Stars. Fue una revolución. A esas alturas los poemas de Dino Jurado ya le habían granjeado algunos electrizantes momentos y decidió que era hora de coronar el asunto.  Fue entonces cuando pudo ser visto paseando por las calles de Arequipa con cierto tumbao habanero y un impecable sombrero de fieltro. En estas tierras serranas de gente con telúricas articulaciones Dino Jurado sorprendía a todos cuando salía a bailar.

Cuando terminó la universidad le tocaba buscar chamba y empezar a levantar el edificio de su prosperidad. Pero no. De pronto anunció que quería ser escritor a pesar de que sus recursos económicos le indicaban que ya no quedaba ni para el salchipapas. Fue por eso que tomó la terrible decisión de instalarse en el pasaje de la catedral y ofertar las selectas piezas de su biblioteca. De esa preciosa biblioteca que lo había acompañado en las horas más hondas de su vida. Pero afortunadamente solo pudo deshacerse rápidamente de todo el material marxista leninista. Porque una luminosa mañana pasó por allí el poeta Walter Márquez. ¿Qué haces?, le dijo. E inmediatamente le anunció que justo había decidido establecer una beca para la creación literaria. Y alquiló una  casa en Yura. Y contrató los servicios de una pensión. Y Dino se trasladó allí unos meses dedicado, como un monje, a escribir los cuentos de Sigo corriendo. Cuando regresó ya no era el mismo. Era un tipo que sabía algo que los demás no saben.

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