Paolo

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

 

Sale a la cancha con chimpunes rosados. Su cuerpo multitatuado es delgado y vigoroso. Además, su más reciente corte de cabello se confunde con cualquier trapo mojado sobre la cabeza. Paolo Guerrero tiene la estampa de los modelitos unisex que pueblan las revistas de vanidades. Su carro de 300 mil dólares traído desde Alemania para pasear su humanidad en los baches de Lima es otro asunto que podría llevarnos a pensar que estamos ante un Peter Ferrari cualquiera con el plus de jugar pelota. Pero el Depredador se encarga, en cada partido con la blanquirroja, de hacernos olvidar sus extravagancias.

Porque Paolo llega al aeropuerto Jorge Chávez cada vez que el técnico lo llama. Allí donde otros se arrugan, él pone la pierna fuerte, arriesgando un futuro claro como artillero en Europa frente a la quimera de llevar a su país a un Mundial. Cuando el capitán de los caballos se lesiona en un misterioso viaje a España, Paolo asume que le toca multiplicarse para que el hincha peruano siga teniendo fe.

Y en la cancha es más que ganas. Tiene una técnica para parar la bola que francamente sorprende. De pecho, hombro y canilla, Paolo es mañoso para bajarla y quedar de cara al arco. “Si no fuera delantero, probablemente sería bailarín de ballet”, ha dicho un periodista argentino en alusión a su forma de manejar el esférico y no a las paparruchadas que insinúa su imitación en el programa de Carlos Álvarez. El sufijo “Lin Lin” les caería mejor a los que se lesionan horas antes de un partido de Eliminatorias o, peor aún, regresando de España a donde fueron a firmar un contrato. Ni hablar de los que van al spa a que le tiren espuma al pelo mientras los compañeros tratan de armar en la Videna el equipo que consiga lo imposible.

Y sabe Guerrero que no alcanza con que lo haga bien arriba sino que, como en el amor horizontal, debe ponerle empeño en todo el terreno. Y sale a chambear en media cancha cuando falta el zaguero. Conmociona la imagen del delantero metido en el área propia tratando de buscar una pelota más para seguir probando al arco. Ese despliegue se contagia y si hay uno de los 11 que pretenda excusarse en el cansancio para no hacer lo que debe, solo debe mirar al hombre que metió presa a Magaly para darse cuenta que el sacrificio es posible.

Por eso Paolo se desmoronó cuando terminó el partido del domingo. Porque sabe que su proverbial entrega por la selección no alcanza para ganar. Que los otros 10 pueden tener el compromiso y la mística pero hace falta ese algo que a él le sobra: el deseo incandescente de ganar. Esa candela que devora las entrañas y no lo deja a uno tranquilo hasta que se consigue el objetivo. El mismo fuego que nos hace llorar cuando las cosas no salen como queremos. Es el incendio del amor por lo que uno hace.

Nada que reclamarle a ese muchacho. El domingo frente a Uruguay es muy probable que terminemos odiando el fútbol y deseando que Markarián, Pizarro, Vargas, Farfán, Burga, Humala, Nadine, los antimineros, los pro mineros, el padre Arana, Diez Canseco y Peredo se vayan a su casa para no volver. Pero no Paolo. Él no.

3 respuestas a “Paolo”

  1. Avatar Antonio Abarca dice:

    Muy directo tu analisis y pues,este jugador Peruano es de cabal compromiso y confrontacion competitiva,Guerrero.Veo que en este momento falta liderazgo entre los 11 y suplentes…es el detalle del que no se habla….me gusto mucho tu escrito,gracias y exitos.

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