Sueños paralizados

La Revista

Sin esperanza. Según examenes realizado en la clínica San Juan de Dios,
Ernesto no volverá a caminar.

Ernesto Quicaño Churo puede disfrutar de cualquier espacio público que se le antoje, sin embargo,  prefiere estar en su módulo de madera al que llama hogar, por una simple pero vergonzosa razón. Ernesto ha perdido la capacidad de controlar sus esfínteres y su comportamiento, a ese nivel, es el de un bebé que no tiene conciencia de sus urgencias fisiológicas.Por esta vez dejaremos de llamar “accidente” a lo que Ernesto sufrió el 13 de enero de 2010, pues aquel día la desgracia no pudo ensañarse de peor forma con el estudiante de Ingeniería Geológica que vino de Tuti, Caylloma, con una máxima progresista entre manos: “Cumplir sus sueños”. Un día antes de quedar parapléjico, el protagonista de esta historia realizó un estudio de campo fuera de la ciudad. Recogió muestras de rocas y, como en todas sus aventuras, respiró hondamente el mismo aire optimista que creyó lo acompañaría en sus logros profesionales y  personales.

Pero como en una novela Kafkiana, Ernesto despertaría en una cama de hospital convertido en un ser que hasta ahora no reconoce ni acepta. Un cuerpo que, siente, no le pertenece, pues sus piernas, completamente inertes, son como un objeto pesado que lo acompañan incluso en los momentos en que intenta, inútilmente, asimilar la cruel realidad. Las limitaciones de Ernesto, sin embargo, no han inmutado a los responsables que, lejos de velar por la integridad del estudiante, prefieren deslindar promesas de compromisos y ocultar bajo la alfombra sus deberes como máximas autoridades de la institución donde ocurrió el hecho, por falta de mantenimiento de sus instalaciones….

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