El olor de los cipreses

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

Mano congelada

Tenía poco más de 5 años cuando vine a Arequipa. Sospecho que mi madre, en su deseo de mantenerse lo más cerca posible de su Misti, me trajo en años anteriores, incluso estando al calor de su vientre. Pero fue a esa edad en la que pude percibir algunas de las cosas que iban a marcar un cariño inmortal por las simplezas de una tierra llena de contrastes.

Nos quedábamos entonces en una casa cerca a la Antiquilla. Nos recibía siempre Flora, granítica ama de llaves que nos perseguía por la casa a mi hermano y a mí, sabiendo que nuestra curiosidad era el ingrediente necesario para las armas de destrucción masiva. Pobres floreros. Y en el jardín, enorme como un caballo, estabaYetro, el primer perro que pese a ser ajeno y distante, quise como propio. Su nobleza peluda no sabía de horarios para jugar y en su perruna habilidad se las ingeniaba para encontrarnos en cualquier rincón de la casa y obligarnos a cambiar de actividad por la de montarlo como corcel. Era pues, un gigante en cuatro patas.

Recuerdo con pavor la sensación del agua de caño a las 5 de la mañana. Ese antártico frío que adormece las manos pero al mismo tiempo genera un extraño masoquismo que permite mantenerse allí, en la caída del agua helada, hasta ver cómo los diez dedos se ponen azules. En serio, adoraba quedarme varios minutos allí (sorrySedapar) dejando correr ese témpano serrano sobre mis pequeñas manitos costeras. Curiosamente, la aldaba de la colosal puerta de madera de la casa era una mano de bronce, fría y reluciente, como un anuncio de lo que viene luego de estar expuesto a  esa congelación. Un entumecimiento que hacía temer por un futuro en el cual ambas extremidades terminaban como picaportes en los hogares de mi porvenir.

Luego de ese ritual criogénico, corría a la mesa del desayuno a buscar el espectáculo del pan humeante dentro de la cesta de mimbre. Un pan extraño de tres lados con aroma a leña. El placer de abrirlo con las manos todavía frías y sentir cómo la miga se desprendía de ese cascarón dorado es algo que sirvió para ir despertando mi sensibilidad a las delicias de lo cotidiano.Untarle mantequilla y enterarme allí mismo de lo que es un matrimonio perfecto. Un pan de tres puntas con mantequilla, tan extremo en su simplicidad.

Cerca de la Antiquilla queda la Ronda Recoleta, gobernada por un templo católico sin demasiadas pretensiones. Camino a ella, varias casas protegían su intimidad con altos muros hechos de cipreses. Paredes verdes de una textura singular y atrayente. Era sencillamente imposible pasar por allí sin estirar las manos y recorrerlas a todo lo largo, percibiendo las infinitas posibilidades de un árbol que se puede convertir en laberinto. Al final del viaje me frotaba las manos para que escape ese olor a bosque encantado. Allí, entre mis dedos estaba el aroma de mis futuros recuerdos arequipeños.

Cuadras más arriba, una picantería recibía los pedidos histéricos de dos chiquillos (mi hermano y yo, otra vez) que reclamaban por un vaso de chicha de jora fosforescente. Como viejos characatos, dos imberbes iban reconociendo, sin saberlo, una tradición que los atravesaba más allá de la genética. Era un asunto de reafirmar lo que en la lejana casa frente al mar nos iban recordando todos los días mamá, papá, tías y abuelas: te va a encantar Arequipa.

Ya de viejo, es lógico que muchos de esos idilios fallecieran y hayan sido sepultados por la malentendida modernidad. Pero cada vez que me encuentro con los cipreses vuelvo al ritual de extender mi mano de picaporte en busca de esas texturas del ayer, de esas sensaciones de arboleda y cielo azul. Y claro, ese olor regresa a mis palmas convertido en mensajero del ayer, en enviado del pretérito con la carta amarilla de las cosas por las que vale la pena detener el paso. Ni hablar de cada desayuno mientras el pan triangular todavía se dejar romper mientras se despide con su crocante sonido.

Todavía están allí esas cosas, esperando volver a encantarme con sus aromas, colores y sonidos. Aguardan por aparecerse en la entrada de mi adultez para empezar a golpear la puerta. Pero claro, es mi propia mano la que, transformada en aldaba suena  contra la madera. Atenderé cuando Yetro deje de perseguirme por el jardín.

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