La Historia, esa vieja plagiadora…

Puñetazos

Durante la Segunda Guerra Mundial, después de haberse rendido en 1940, Francia es ocupada por la Alemania nazi que tiene por objetivo, según su ideología, “purificar” su territorio eliminando a todos los judíos.  Dos años después, en la noche del 16 al 17 de julio de 1942, se produjo lo que se conoce actualmente como “la rafle du Vel d’Hiv”, es decir una redada masiva para detener a los judíos de París. Esta operación fue orquestada por el aparato nazi después de haber negociado con el gobierno francés de Pétain (gobierno títere instalado en el centro de Francia, en Vichy) y con la colaboración directa de la policía francesa.

En un comienzo, solo los judíos adultos debían ser arrestados, pero el primer ministro, Pierre Laval, propone, con la voluntad de granjearse la simpatía nazi, que los menores de 16 años sean también detenidos. Desde muy temprano por la madrugada, los policías franceses tocan la puerta de los hogares judíos, enseguida, los conducen al Velódromo de Invierno (abreviado en francés como Vel d’Hiv) en donde reunieron a 13 152 judíos.  Sin embargo, el objetivo de la policía francesa no fue alcanzado, ellos esperaban 27 000 arrestos, pero la solidaridad y arrojo de la población civil parisina salvó a más de 10 000 personas. Del Vel d’Hiv, los judíos detenidos fueron deportados al campo de concentración de Auschwitz donde la gran mayoría fueron exterminados.

Después de terminada la guerra y liberada Francia, y a pesar de la obvia e innegable responsabilidad del gobierno francés y de la policía de esa época, los gobiernos posteriores guardaron un silencio vergonzoso y cómplice sobre estos hechos. Evidentemente, nadie quería aceptar que desde la oficialidad existió una oprobiosa complicidad con los nazis que no fueron los únicos responsables de la deportación y exterminio de miles de judíos. Recién en los años 2000, primero Jacques Chirac, y luego François Hollande decidieron asumir públicamente la responsabilidad del Estado francés en estos hechos. Sí, es verdad que el gobierno de Vichy era ilegítimo y que existía un gabinete francés “exiliado” en Londres, absolutamente opuesto a la ideología nazi, pero también es verdad que fueron autoridades francesas y la misma policía las que permitieron que un hecho tan atroz pudiera ocurrir.

La decisión de Chirac y de Hollande de enfrentar la Historia y hacer memoria es, entonces, capital, pues por más vergonzoso que resulte el pasado de una nación, hacer como que no pasó nada o construir el relato de la memoria histórica colectiva solamente a partir de los hechos heroicos o de las victorias es un gran error. El símbolo que significa para un pueblo, desde la voz de sus autoridades elegidas, aceptar que se han equivocado es esencial para poder planificar un presente e imaginar un futuro en que no se vuelvan a repetir errores, sobre todo si estamos hablando del costo de vidas humanas.

Para la autoridad, reconocer públicamente los errores no es una labor ni fácil, ni rentable, pues significa admitir que muchas veces el Estado no es ni infalible, ni ético y que incluso ha sido capaz (y, por ende, es potencialmente capaz) de asesinar personas. En ese sentido, en el Perú, el camino de la memoria sigue siendo un verdadero calvario con muy pocas rosas y muchísimas espinas. El proceso de memoria que desencadenó la CVR y la sentencia a Fujimori y a todo el resto de asesinos (Montesinos, Grupo Colina, Hermoza Ríos, Telmo Hurtado, etc.) han sido hitos cruciales para construir una narrativa colectiva que aunque dolorosa nos permite comprender la realidad peruana y no vivir engañados en una burbuja de mentiras (que Fujimori venció al terrorismo, que la guerra sucia del Estado era necesaria, que hubo muertes inevitables, que el precio a pagar por la pacificación era el autoritarismo, la violencia y la muerte, etc.).

No obstante, todos estos esfuerzos se ven empañados por las declaraciones del mismo gobierno (el ex primer ministro Valdez y su infame “la CVR fue teatralizada”) y, peor aún, dictámenes vergonzosos (como el de Villa Stein) que ponen en tela de juicio todo lo avanzado en términos de asunción de la Historia tal como fue y no tal como quisiéramos que fuera. Gran parte de la prensa y de la opinión pública se prestan además al mismo ejercicio, pues creen que pasar la página de la violencia significa olvidar, o peor aún, mentir y negar. Como bien dijo Sigmund Freud : “La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento”; Chirac y Hollande han comprendido la dimensión simbólica de la memoria, a nosotros todavía nos queda mucho por recorrer.

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