Somos libres

La columna

La actual disputa entre la Iglesia Católica, representada por el propio Estado del Vaticano, y la Pontificia Universidad Católica del Perú, demuestra claramente que la Educación y la Religión deben ir por caminos separados, como el claro antagonismo entre Ciencia y Fe lo sugiere.

Las certificaciones sobre las competencias académicas que otorga o valida una universidad, nada tienen que ver con algún tipo de dogma religioso que, profesen o no, sus promotores, directivos o conductores. Las creencias religiosas no forman parte de ningún tipo de evaluación o discusión en el quehacer universitario, por lo que, simplemente, están fuera de lugar.

¿Qué aporta, entonces, a una “marca educativa” -como es el caso de la PUCP-  una denominación relacionada con ciertos compromisos de fe, como denotan los términos “católica”, “musulmana”, “budista” o “de chamanería”?Desde un punto de vista académico, nada

De otro lado, en nuestro país, es obvio que la denominación católica o el nombre de un santo que acompaña a la mayoría de instituciones, calles, ciudades y cualquier cosa relacionado con el quehacer humano, procede de la poderosa influencia y participación de la Iglesia Católica en la sociedad colonial. El poder que antaño ostentaba el catolicismo, amparado en el ciego convencimiento de los demás que tenía las llaves del paraíso, le permitió someter a las masas populares, incapaces de reflexión y huérfanos de conocimiento. Ese poder aún persiste en diversas formas, sobretodo en la interiorización psicológica general que equipara el desafiar a la autoridad eclesiástica, con desafiar a Dios.

Ese poder invadió todos los campos y generó una envidiable rentabilidad que, aún hoy, hacen de la Iglesia Católica o –lo que es equivalente- del Estado Vaticano, una de las naciones más ricas del orbe. Hoy aún se manifiesta en la capacidad atemorizante que ejerce sobre los políticos, intimidados de contradecir a las masas católicas que aún representan la mayoría electoral.

Por eso, un estado que se proclama laico y cuya constitución establece la libertad de cultos y prohíbe la discriminación, mantiene los privilegios protocolares y económicos, hacia la institución eclesiástica que representa un personaje tan discutido como el Cardenal Cipriani.

Por la misma razón, el Vaticano osa emitir un decreto que pretende validez en otro estado soberano, imponiendo una legislación que no es la nuestra y pretendiendo someter a sus designios a una comunidad universitaria como la de la PUCP, en una abierta violación al principio de no intervención en asuntos internos de cada país. Esto se condice con el hecho de que el papa actual, Joseph Ratzinger, en pleno siglo XXI, ha justificado la condena que dictó la Iglesia Católica a Galileo Galilei, el padre de la ciencia moderna. Por eso ya fue declarado persona no grata en la Universidad de Roma La Sapienza

Por otra parte, la PUCP, como cualquier universidad peruana, se rige por la Constitución y la Ley Universitaria. Por tanto, pretender una injerencia extranjera o representativa de un culto religioso sobre ella es sencillamente inadmisible y reprobable, desde todo punto de vista.

Si, por otro lado, las denominaciones Pontificia y Católica ya no se corresponden con una institución moderna, democrática, científica, plural y abierta, como es la PUCP, habría que estudiar a futuro como cambiar un nombre que evoca principios religiosos que –a tenor de lo ocurrido- representan una limitación sectaria, dogmática e incompatible con el quehacer académico. Pero por el momento, el nombre sobre el cual la institución tiene todos los derechos, según la legislación peruana, es inamovible.

El prestigio que hoy posee la PUCP y el cual ambiciona Cipriani y compañía, es una marca cuyo valor nada tiene que ver con principios religiosos ni dogmas. Es fruto del quehacer académico de miles de docentes y estudiantes de muy diversa procedencia religiosa, social y racial; diversidad que ha permitido, precisamente, un florecimiento que la Iglesia ambiciona y no ha podido experimentar por sí misma hace décadas.

Lo peor de este caso es que la jerarquía eclesiástica no pretende esta indebida injerencia preocupada por restituir principios teológicos y valores cristianos en una institución que no tiene por qué tenerlos, dada su naturaleza racional; sino que la mueve la codicia ante la posibilidad de administrar los cuantiosos bienes de la Universidad. Y, de paso, mantener una influencia sobre la juventud estudiosa que –siendo realistas- ha dejado de tener hace buen rato y seguirá declinando conforme las nuevas generaciones de peruanos logren despojarse de culpas, traumas y prejuicios generados por una religión que hace siglos dejó de ser ejemplo de nada.

Somos PUCP, seámoslo siempre, reza un lema de identificación con esta universidad, sin lugar a dudas, la mejor del país. Como la frase lo sugiere, es un canto a la libertad que, con acciones emancipadoras como ésta, el Perú va conquistando, también en el campo espiritual. Amén.

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