Arequipa y Cajamarca

El regreso

Llego al aeropuerto de Cajamarca en medio de un conflicto latente por la puesta en marcha del Proyecto Minero Conga y escasas horas de haber sido levantando el Estado de Emergencia en la región, luego de una larga protesta que enfrentó a la población con el gobierno central.

Recorro las calles y pienso encontrar los estragos de la paralización, las pintas, las calles sucias y tropas de la policía por las calles y nada de eso hay en la ciudad de Cajamarca; por el contrario veo una población en total calma en una ciudad apacible y amable. No hay rastros de violencia en sus calles, ni siquiera las consabidas pintas en las paredes; pareciera que allí no ha pasado nada.

La ciudad está limpia, se respira tranquilidad y aunque eso podría parecer que las negociaciones en torno al conflicto dieron los resultados que el gobierno espera, nada de eso es verdad; pues los cajamarquinos tienen claro, en gran medida, que no hay marcha atrás respecto del Proyecto Minero Conga y que si hubiera el menor movimiento por reiniciar los trabajos por parte de la empresa minera, volverían a salir a las calles a impedirlo. Al menos esa es la sensación que se tiene al hablar con los taxistas y la gente a pie.

Pero más allá de la coyuntura, observo la ciudad y no puedo dejar de pensar en mi Arequipa entrañable que cada vez la veo más lejana de su esencia; ya sé que las comparaciones son odiosas, pero es inevitable hacerlo. Cajamarca está ordenada, no existen postes con esa maraña de cables en todo el centro histórico y que sí tenemos en el centro de Arequipa. A cambio hay unos hermosos faroles de fierro fundido empotrados en las paredes de sus casonas. Todos los locales comerciales tienen sus letreros de color negro, no hay colorines espantosos, no hay vendedores de lentes de sol, ni de tamales en sus calles. Al menos no en el centro histórico y todos parecen respetar la norma.

Los cajamarquinos aman su ciudad y la respetan, es como en algún momento fuimos los arequipeños que desarrollamos ese inconmensurable amor por nuestros orígenes y llegamos a darle una gran personalidad, con una Arequipa rebelde y contestataria, pero ordenada, limpia y conservando su pasado histórico, por esa razón logramos que la Unesco declarara Patrimonio Cultural de la Humanidad. Hoy la historia nos lleva por la corriente de la modernidad mal entendida con autoridades que no tienen la capacidad de entender lo que es una buena gestión  y que creen que destruyendo el pasado para construir esperpentos, están haciendo lo mejor para la ciudad.

Es verdad que Arequipa es ya una gran ciudad que alberga a una población migrante importante que le ha dado un nuevo perfil a la ciudad, como suele pasar en las grandes ciudades, pero no hemos sabido trasmitir nuestra esencia a las nuevas generaciones de arequipeños y la factura nos pasa una cuenta impagable. Es probable que no haya marcha atrás, pero nada cuesta hacer el intento por rescatar lo poco que queda, esa preciosa arquitectura colonial, nuestra cada vez más escasa campiña y sobre todo nuestra esencia. ¿Es mucho pedir?

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