Dignidad, libertad, igualdad

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

Mucho de los más avanzado en derechos humanos se da, sin duda,  en la lucha por los derechos reproductivos y sexuales, en los problemas de  bio poder vinculados, no por casualidad,  con las actividades médicas, la salud y el cuerpo. En el fondo es un problema de valores jurídicos  Y pone en cuestión las creencias más hondas de las sociedades seudo modernas o cuasi modernas, especialmente,  en el meollo de sus paradigmas esenciales,  en su cuerpo y su  vida misma. En una sociedad que se considera democrática, esas  discusiones deberían  tener como criterio fundamental los valores prioritarios de la Constitución: la libertad, la dignidad, la igualdad de derechos o no discriminación, etc. Lamentablemente ese no es nuestro caso. Se aceptan “argumentos” extra jurídicos (morales y religiosos por ejemplo) en discusiones que son exclusivamente jurídicas,  especialmente en toda  la temática respecto al biopoder.

El abordaje del problema puede ser muy específico,  como en este caso, tratando de que el punto elegido se expanda lo suficiente como para lograr una visión más comprehensiva y concreta de los derechos humanos, sin dejar de pensar en un público bisoño. En este caso el punto es  “el núcleo de los derechos humanos”, ese cogollo de valores sobre el que existe un consenso en los países democráticos: “el núcleo de certeza” le llaman otros. Nada más. Es innegable que con la noción de  “derechos humanos” hay problemas de ambigüedad, de connotación y denotación, de polisemia y  sinonimia, etc. Hay confusión en relación a términos semejantes, como “derecho natural”, “derechos individuales”, “derecho moral”,  etc. Pero  dejamos  momentáneamente irresuelta  la polisemia  para ir directo al grano: hay un “núcleo de certeza”,  un “contenido mínimo”  del cual  queremos ocuparnos.  En él  no pueden faltar la dignidad, la libertad y la igualdad de derechos, que es  donde nos  vamos a centrar (la solidaridad es un sentimiento, no todos lo sienten y no se nos puede obligar jurídicamente a ser solidarios o buenos y justos; es cuestión de educación, no de poder). Aunque esto no agota la lista, que es y está siempre abierta.  Un  genuino  demócrata  no podría  descartar  alguno de estos principios jurídicos,  los mismos que reinterpretados en cada época siguen haciendo de fundamentos de la vida moderna o postmoderna. Para que lo sean también de los peruanos es necesario que se internalicen en la vida colectiva. Es un problema de educación y, como dijimos, el grupo esencial  al que se debe dirigir  esa educación,  que se expresa como cultura cívica,  es  el de  los niños y adolescentes. Una “cultura de la libertad” como la llama Mario Vargas Llosa.

Si hubiera consenso sobre este “núcleo de certeza” o “contenido mínimo”, ya  mencionado, podríamos ir con mayor seguridad hacia  una noción de derechos humanos menos confusa, porque estaremos en capacidad de descartar las definiciones que no consideren este núcleo. Contribuir a despejar la ruta para evitar el abuso ideológico, político y lingüístico que se da con respecto a la expresión “derechos humanos”. En la mayoría de países hispano-andinos se ignora lo que significan exactamente, salvo excepciones muy exiguas, pero además hay confusión y distorsión de sentido.

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