El corazón arequipeño

Gárgola sin pedestal Alejandro Lira Landa

Dicen los líricos que las palabras liberan al alma; ésta, ya libertada, fluye en su albedrío leve e incesantemente; tan ligera que hasta prescinde del lenguaje. El alma, así, se posa en el extremo opuesto de la mudez, aquella repleta de palabras que no consiguen destino.

Los místicos piensan algo distinto: es el alma, la que precisa para su ascenso, desprenderse del lastre de las palabras. El alma, libre ya de las ataduras de las formas y de la gravedad del lenguaje,  levita y trasciende hasta alcanzar la iluminación, que es el vacío absoluto y, al mismo tiempo, la plenitud de lo lleno.

Si el lector llega a este tercer párrafo, bueno es señalar que poco o nada puede importar lo que digan unos y otros, pues si uno quiere ponerse bizantino y hablar/escribir bizantinadas, no se precisa ir tan adentro en las honduras filosóficas, o asomarse a los rincones alterados de la conciencia. Para estos menesteres basta con escuchar los discursos de cualquier autoridad en boga y empezar a hilar sobre si las palabras que enuncian, realmente los liberan;  si su importante alma se ha elevado a cumbres ignotas, o si son unos ignorantes hablando tontería y media.

Yo no sé si el antiguo rey de Inglaterra, Ricardo I, (1157-1199) tenía en el lugar del corazón, la víscera cardiaca del rey de los felinos. La duda surge de su apodo: “Corazón de león”, que así le decían y que su alias venía de su fama de maldito y sanguinario, despiadado por igual con enemigos y aliados.

Pero aquello era por esos lares y por aquellos tiempos; lo que ocupa esta crónica es un asunto más actual. Me refiero al discurso del alcalde local en la inauguración de su esperpento acuático en Tingo. Allí, en olor de curiosantes, chulis y demás notables, al señor edil se le ha roto la voz; se ha golpeado el pecho con el puño; y con voz desgarradora, —que salía entre su retinto bigote y ajustada corbata—, ha proclamado una verdad fundamental para la ciudad: allí, en ese pecho, late y sufre un corazón arequipeño.

Pocas veces se ha escuchado una afirmación tan rotunda en los últimos tiempos. Cuando pregunté a los que saben: ¿y éste señor que sería si no fuese lo que es?, el asombro vino a aumentar mi perplejidad con la respuesta; me dijeron: “digamos que… sería médico”.  Y los médicos sí que saben de corazón, —pienso—, aunque no sean cardiólogos.

Vuelvo entonces al alma que se libera con las palabras o viceversa y me pregunto que se habría liberado en tamaño discurso edil. Pues la aparatosidad del evento tenía como fin resaltar el triunfo de la modernidad sobre la vetusta tradición. Es de entender que modernidad es todo lo que se parezca a un Mall  y tradición todo lo que se parezca a vieja y abandonada casa solariega, con patio, piedra y batán.

Pero algo he captado del discurso. Entiendo —más o menos—, que la noble ciudad tiene un rey/alcalde, Corazón Arequipeño. Pero lo que no entiendo es ¿qué cosa es un corazón arequipeño? será, digo, algo así como ¿un adobo arequipeño? Porque si el discursante se refería al órgano circulatorio que tenemos todos los comunes, digo, ¿en qué se diferencia el de un arequipeño; con el de un puneño, trujillano, colombiano, el de un gringo o el de un chino? Claro, de repente por su profesión (médico) él vea en la víscera algo que los demás no vemos, ya sea una patología o que la “calidad” de los corazones arequipeños es largamente superior a la de los demás mortales. Mejor ya no sigo, porque a este paso voy a acabar asociando la supremacía blanca del apartheid en Sudáfrica, la supremacía de la raza aria de Hitler, la supremacía de la Cruceneidad de la media luna boliviana,  (blancos bolichis superiores a los indios bolivianos),  con un simple y vulgar discurso provinciano.

A modo de ilustración habría que decir entre otras cosas que la ciudad antes que moderna o tradicional ya no es un pueblo cala rodeado por una verde campiña donde habitan unos rudos characatos de hablar cansino y orgullo mayor a sus méritos. Esa imagen pastoril corresponde a la primera mitad del siglo XX.

Estamos en otro siglo, pe. Arequipa ya no es un pueblo, ni siquiera una metrópoli. Gracias a la pujanza y dinamismo de la migración andina, es una ciudad en camino a convertirse en urbe. Y las urbes son federaciones de pueblos que viven juntos, unos y otros, intercambiando lenguas, religiones y cultura; y sus mejores alcaldes son aquellos que saben absorber esa diversidad con mutuo respeto para el beneficio colectivo. Por ello, levantar en estos días la tara provinciana del orgullo local es todo un anacronismo.

Y ya con la mano en el corazón y para concluir habría que decir, que ser moderno no es tener el último iphone en la mano; modernos son los que han pensado cómo hacerlo para dejarlo en la mano ajena, sin tanto chamullo.

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