Poeta de 25

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

Se me ha aparecido innumerables veces. Siempre con esa carita redonda, sobrevolada por un cerquillo casi emo que amenaza con caer sobre el ojo izquierdo y parapetado por el alto cuello de una camisa de otro tiempo, en el que le tocó morir.

Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso fue un tipo excepcional, de esos a los que uno se encuentra en el bar y de inmediato termina compartiendo la chela y los cigarros. Formado con rigurosidad en una Arequipa de principios del siglo XIX, fue dando tumbos entre la filosofía y la curia para terminar rendido frente a dos pasiones potencialmente fatales: la poesía y la revolución. Al final, fueron ambas las que consumieron su vida. Porque quizás Melgar murió a balazos en esa plaza de Umachiri en 1815 pero el hombre agonizaba desde hace mucho en cada uno de los poemas que escribía con fervor.

En medio del placer que disfrutaba
Al mirar tuya mi alma, y tu alma mía
La parca fiera, con horrendo golpe,
Nuestro apoyo mayor cortó en sus iras.
No hay más: para llorar solo he nacido.

Si no es una bala es un verso. Pero pueden ser igual de letales
El Gobierno Regional de Arequipa acaba de publicar la obra completa del poeta enamorado de Silvia. Una edición definitiva que reúne todos los versos y además tiene la mejor biografía que se ha hecho de él, “Historia y leyenda de Mariano Melgar”, de Aurelio Miró Quesada. El libro sirve para volver sobre los pasos del vate soldado y descubrirlo en una nueva dimensión, esa donde el corazón de un hombre enamorado convive con el alma de un guerrero que no duda en cargar un fusil y apuntarlo hacia quienes oprimían su libertad.

Melgar es imagen recurrente en la vida cotidiana de Arequipa, 200 años después de su muerte, aunque sus huesos no son los que descansan en el cementerio de La Apacheta y quizás no sepamos nunca a dónde fue a parar su cadáver. Un distrito lleva su nombre al igual que el estadio de Cuarto Centenario. Pero terriblemente su obra lírica ha quedado relegada solo a las bibliotecas de quienes vuelven a sus versos para estudiarlos y no es justo. Merece que el país sepa de él más allá de los partidos de fútbol del club que lleva su nombre.

Porque en Melgar confluyen dos de los rasgos más característicos del orgullo arequipeño: la pasión por la belleza y el impulso revolucionario contra la injusticia. Reto a los Gerónimos, Domínguez, Pachas y otros dirigentes incendiarios a mostrar la sensibilidad de quien se unió a las huestes de Pumacahua y afrontó la muerte mirándola de frente por la causa.

En los tiempos que vivimos le creamos leyendas a un grupo de artistas que se fueron de este mundo cuando no pasaban de los 27 años. Son un club que tiene como más insignes miembros a Kurt Cobain, Jimmi Hendrix, Jim Morrison y a Amy Winehouse. Mariano Lorenzo murió fusilado cuando tenía solo 25 años, luego de haberse desgarrado el alma escribiendo poemas a esa mujer que no le dio ni un beso volado. Veinticinco años y ya andaba armado buscando la independencia de la patria. Tan jovencito y tan seguro de la vida.

Felizmente ha venido la música para preservar parte de su legado. Los dolientes yaravíes que contienen sus palabras aún suenan entre quienes cultivan el género aunque, es duro decirlo, cada vez con menos intensidad. Será francamente imposible que las nuevas generaciones se entreguen con pasión a la lectura de los versos de Melgar. Pero quizás haya esperanza en los yaravíes, que más allá del tiempo siguen resonando en esa campiña superviviente, que si uno escucha con atención podrá notar disimulados entre el viento, frases de Mariano Lorenzo como:

Esa crueldad tan constante
Ese rigor tan severo,
Con que tratas a tu amante,
Cuando tendrá fin, oh cielo
Conoces que por quererte
Entre pesares yo vivo,
Y procurando agradarte
Me pagas con un olvido.

Ese olvido es el que no debemos permitir. Que Melgar sea más que la imagen del muchacho peinadito y de cuello alto. Que sea presencia perenne en una Arequipa que hoy quiere parecerse a Disney antes que a su historia.

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