Aclarando a Claro

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By KAP @ Toonpool.com

No terminaban de llegar, como gran novedad, y en Arequipa ya había hasta dos importantes operadores de telefonía móvil. Era la década de los años 90 cuando era común ver gente cargando a cuestas y colocando sobre la mesa, enormes aparatos de plástico y metal a los que pronto bautizamos como “ladrillos”. Y no era para menos. Muy pocos se podían dar el lujo de hablar por teléfono fuera de casa  sin estar atados a un cableado fijo. Además, era cuando el Perú fue el primer país en América Latina en gozar del sistema celular digital. Han pasado 16 años desde que apareció el primer aparato celular y desde entonces no hemos cesado de consumirlo en sus diferentes modalidades. Un reciente titular local nos recuerda que en la Arequipa de hoy, en promedio, habría hasta dos aparatos móviles por persona; un claro indicador de nuestra insaciable dependencia de comunicación rápida e instantánea. Y como prueba de esta nueva tecno-manía, ayer nomás, en medio de un acto religioso, imperturbables asistentes desfilaban, orondos y presumidos, empuñando al oído el bendito aparato en su versión de última moda; como si el acto religioso fuese menos importante que hablar con esa otra persona o como si la vida de alguien se debatiera dependiendo de responder, o no, ante musicales estridencias emanadas de uno de esos bicho tecnológicos, de esos que todos llevamos hoy como parte de nuestros atavíos del siglo XXI.

Sin duda, las nuevas tecnologías de las comunicaciones nos están cambiando la vida. Muchos jóvenes no podrían  imaginarse la vida contemporánea sin celular, sin internet y sin cable. Sin embargo, no siempre este trío nos hace la vida más fácil, pues a veces termina haciéndola a cuadritos, como ésta siguiente historieta personal, en la que asumo rol de víctima.

Debo en principio reconocer que nunca he tenido mayores quejas desde que tuve mi primer aparato celular. Tampoco desde que instalaron en casa internet y siempre he gozado de un servicio razonablemente aceptable.  Siempre he disfrutado un trato decente por parte de las diversas empresas prestadoras, en especial de cuando operaban Bellsouth Perú y Telecom Italia Mobile – TIM, pues además de ser yo un cliente de ellas, ellas eran clientes míos.

Sin embargo, como decía, no todo lo que brilla es oro y no todo lo que acompaña ésta revolución de las telecomunicaciones es color de rosa. Creo que cuando TIM Perú paso a manos de América  Móvil, bajo el nombrecito de Claro, algo no muy claro sucedió; pues la calidad del servicio, aparentemente, no creció al ritmo del volumen de las operaciones, sino todo lo contrario, al extremo de haber tomado la decisión personal de rescindir de los servicios de esta última operadora. Sin embargo, si usted cree, o piensa, que migrar de un operador a otro, en busca de mejor calidad y mejor trato, es tan sencillo como cambiar de canal de TV; debo desilusionarlo un poco. Resulta que Claro, tiene bien claro que, prescindir de ellos, es una tarea casi imposible; por lo menos para este humilde ciudadano, que ya lleva largos meses en pos de liquidar de su mente, y su bolsillo, a una empresa que se resiste a dejarlo en libertad.  No obstante de haberles cancelado lo adeudado -por un malísimo servicio-; no obstante de largas y aburridas colas que terminaban en vaivenes y peloteos de tercera clase; no obstante de ruegos e imploraciones por dejarme libre en un país donde la esclavitud ya fue; no obstante recordarles que en el Perú no se rinde culto al monopolio; no obstante de reiteradas visitas a sus poco ventiladas oficinas; no obstante haber recabado firmas, de puño y letra, que consignaban, por parte de ellos, no adeudárseles nada por ningún concepto, ni carga, ni gravamen, ni deuda, ni comisiones, ni nada y que se trataba de un último (y no muy cierto) pago; no obstante de todo ello, Claro sigue exprimiendo billetera por un servicio que no se recibe hace medio año; sin que nada ni nadie pueda explicar porqué razón, una empresa de ésta naturaleza, opera tan alegremente y con una suerte de patente de corso; sin ningún control de calidad, a vista y paciencia de autoridades, y peor aún, a vista y paciencia de sus propios dueños.

Y de yapa, cuando se preguntó por el famoso y temido Libro de Reclamaciones, la respuesta que me dieron sólo confirmó la razón de mi decisión: tenía que sacar un nuevo ticket, una nueva espera y una nueva cola antes de poder poner por escrito mi queja; algo que, por supuesto, no hice jamás por respeto a mi propia dignidad (aunque en el fondo sentía más indignación e impotencia, que otra cosa).

Huelga indicar que OSIPTEL y la Defensoría del Consumidor tendrán que hacer algo con una empresa para la que el tiempo del cliente no vale ni un pelo partido por la mitad, ni mucho menos la preocupación por brindar un servicio razonablemente aceptable y una atención (al cliente y al ex cliente) mínimamente digna.

La necesidad de telecomunicación es un imperativo de los tiempos modernos, y la demanda de estos servicios es creciente e imparable, pero no debemos de confundir “mercado cautivo”, con “cautivos de mercado”, reiterándoles que la esclavitud en el Perú ya fue abolida hace buen tiempo y que gozamos de algo llamado libertad, señores de Claro. Está claro?

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