Adiós mundo interior

Resacas

Jonás vivió encerrado en una ballena durante tres días. Dios le había ordenado que fuera a Nínive a predicar contra el pecado pero Jonás prefirió huir y embarcarse hacia mares extraños. Dios agitó el océano hasta obligar a los marineros a deshacerse del prófugo y ordenó a un enorme pez, a manera de castigo, que se tragara al pobre Jonás. En la soledad y el silencio de la ballena Jonás buscó en sí mismo y encontró a Dios, reconciliándose.

Ocurrió por primera vez que el hombre, en un espacio cerrado, reflexionaba sobre su destino. Liberado y en tierra firme, Jonás se echó a descansar a la sombra de un arbusto que Dios había hecho crecer para él. Cuando –a la mañana siguiente- Dios secó la planta y la devolvió a la nada, Jonás se enfureció tanto hasta el punto de quererse morir. A Jonás le importaba más la sombra sobre su cabeza que cualquier plan divino.

Virginia Woolf propuso la siguiente tesis: para convertirse en escritora había que tener una habitación propia, un lugar reservado al que poder retirarse y escribir en perfecta calma. Por la misma época, Marcel Proust cubría las paredes de su habitación con planchas de corcho para lograr un mejor aislamiento acústico, En busca del tiempo perdido surgió de aquel empecinado silencio.

Para leer –así como para escribir- se precisa de soledad, de silencio y de un mundo interior. Mundo interior que empezó a construirse a partir de la lectura misma, silenciosa (la soledad del cuarto propio vendría mucho después). Fue una auténtica revolución en el quehacer cotidiano cuando –hacia 1500- el hombre dejó de leer para un público y empezó a leer en voz baja, en susurro, para sí mismo. Siglos después, se pasó a la lectura en silencio: ruptura que estableció la diferenciación entre el adentro y el afuera: al espacio público (la lectura en voz alta) se le oponía el espacio privado (la lectura en silencio).

Mucho se discute ahora sobre los espacios público y privado. Se dice que la línea que los divide es imprecisa. Primera paradoja: se hace una cerrada defensa del espacio privado cuando el que está siendo invadido es el espacio público. Vivimos bombardeados por secretos revelados, por intimidades contadas con desparpajo,  cámaras que nos cuentan las veinticuatro horas al día de un sujeto equis, o las redes sociales que dan cuenta de trivialidades minuto a minuto. Todo se dice, nada se calla (hasta se ha llegado a insinuar la atroz idea de que aquello que uno se guarda para sí, puede generar algún tipo de cáncer).

Al exhibirse el mundo interior –segunda paradoja- se adapta necesariamente a los medios que lo exhiben: así, el mundo interior se torna sensacionalista, vulgar, superficial, nimio, mentiroso. Bajo la excusa del Muéstrate-como-eres o del Se-Auténtico se nos vende máscaras en lugar de rostros.

Vivir dentro de una ballena como en el vientre materno. Una amiga jura recordar aquella primera habitación sumergida en líquido amniótico. Ambos detalles son realmente vívidos: la alfombra roja, los muebles amarillos. El mundo interior está relacionado con el vivir sumergido: el “bucear” es –tanto en la literatura como en el cine- símbolo del viaje interior, la metáfora perfecta del descender hacia uno mismo. Y cuanto más tiempo pase uno sumergido, mayor la probabilidad de encontrar algún tesoro revelador.

El paradigma ahora es otro. Según un dato recogido por Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo, “quienes navegan por la Web buscando información pasan menos de dos segundos en un sitio antes de pasar a otro.” Al bucear en la interioridad de un mundo pretérito, se le opone este surfear contemporáneo. Hábito que el usuario replica en los periódicos, en la televisión, en las redes sociales, donde la variedad novedosa jala más que la concentración sostenida o la introspección. Todo el recogimiento al que se aspira hoy se destina a las dos horas que pasa uno en el cine, donde si no hay una explosión cada tanto el tedio se hace insoportable.

El mundo interior parece estar condenado a desaparecer. Hecho de silencio y soledad –en lugares cada vez más bulliciosos y perpetuamente conectados- parece tener sus días contados. El libro tal vez no desaparezca, pero la clase de libros que nos gustaba leer, fácil que sí.

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