Balance

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

Un detective corría por las calles de Lima tratando de resolver los crímenes más escandalosos de la capital. Historias truculentas que antes de la tecnología CSI eran desenredadas con astucia, inteligencia y a veces mucha suerte. No era “Law and Order” ni “Criminal Minds”. Era el canoso Eduardo Cesti, encarnando al mayor PIP Edgard Gamboa. Eran los 80’s y la serie de televisión era peruana y tenía entre sus guionistas al escritor Alonso Cueto.

Los argumentos se basaban en historias reales sacadas de los archivos de la Policía de Investigaciones del Perú. Mucho balazo, bares, guayaberas, mujeres con harta laca en el cabello  y persecuciones en carros Datsun, hacían de “Gamboa” la mejor serie peruana de la época. Tuvo una especie de spin off llamado “Barragán” que no tuvo tanto éxito. Pero quedaba claro que la televisión peruana podía ofrecer un producto de calidad, con alto rating e historias inteligentes y bien construidas. Y, repito, eran los 80’s. No había realitys.

La televisión actual vive signada en el mundo por lo que se hace en Estados Unidos. Y así como son campeones en productos infames (el de las niñas candidatas a reinas de belleza es una muestra de lo bajo que podemos caer como humanidad), la cosa se balancea con realizaciones de alto nivel, que incluso han superado al cine en argumento, personajes y trascendencia. Solo hay que revisar lo que fueron todas las temporadas de “Los Soprano” y medirlas con el promedio anual de películas que bota Hollywood. Y es que claro, la TV tiene más tiempo para ir desarrollando un argumento, presentar a los personajes y generar atmósferas. Pero nunca más se dirá que la TV es un género menor. Ahí están “Dr. House”, “Game of Thrones”, “Dexter”, “The Walking Dead” y un larguísimo etcetera para que nos demos cuenta que no todo tiene que ser chapes, bailes y calateos.

Es entonces una época dorada en la TV gringa. Pero en Perú vamos al revés.

Todavía dudo del papel de la prensa de televisión en la formación de opinión. Pero me voy convenciendo del impacto que tienen los programas no periodísticos en la formación de personalidad. Siendo los más vistos en el país donde la educación posee niveles precarios, conviene que revisemos mejor qué se está poniendo en las pantallas que ven los televidentes más impresionables de la casa.

Veo de lunes a viernes a un grupo de guapas modelos junto a unos hipermusculados muchachos que se dedican a chapar mientras adivinan con qué menjunje le embadurnaron la boca a su partner. Todo enmarcado en una especie de historia de amor donde los involucrados pontifican desde su comprensión del mundo y el público celebra esas reflexiones filosóficas de 6 de la tarde. En otro canal, un grupo de hombres y mujeres de las mismas características se dedican a pasar “pruebas”, sazonadas con un drama artificial donde los participantes hablan de sus logros y fracasos en el asunto como si estuviesen curando el cáncer o encontrando la solución definitiva a la crisis entre palestinos y judíos.

Siempre ha habido estupideces en la tele. Pero creo que el problema es cuando hay solo estupideces.

No encuentro en esos horarios estelares alternativas neuronales con las que pueda decirle a mis pequeños sobrinos “vengan, vamos a ver esto”. No hay un equilibrio entre esas frivolidades y algo que estimule otros sentidos. Y pueden ser hasta peligrosos en mentes distraídas como las adolescentes que buscan figuras de las cuales adaptar ciertas poses. Y si Zumba, Zully y todas esa cofradía figuras de la tele son los referentes me parece tan nocivo como darles trago y drogas a los más chicos de mi familia. En serio, así de peligroso para su salud.

No creo que todos los programas de TV no periodísticos deban ser como “La función de la palabra” (por cierto, Marco Aurelio Denegri debe ser el único conductor actual que puede darse el lujo de monologar sin caer espeso) pero si la tendencia es comprar formatos extranjeros que apelan a los instintos más básicos del televidente y solo busca que la audiencia grite “uuuuuu”, entonces estamos cada vez más lejos de ese reflexivo Gamboa de los 80. Y a millones de años luz de lo que ofrece el cable.

Y no podemos decir que pasa por temas de presupuesto cuando en Lima se invierten sumas inimaginables para provincias en comprar y adaptar programas tan absurdos como “La casa de los secretos”. Allá tienen los recursos para hacerlo mejor, con inteligencia y en la certeza de estar haciendo lo mejor para la televisión y para el público.

Pero falta balance y el contrapeso no llega. Como si vivir tanto tiempo inclinados de un solo lado nos hubiera quitado a todos la perspectiva. Y nos hemos dejado hacer con la promesa de que en nuestras manos está el poder de cambiarlo solo apretando un botón en el control remoto. Lo real es que al cambiar de canal aparece más de lo mismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE