Entre la espada y la cruz

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

Triste la saga de este país. Desde que llegaron aquí los conquistadores impresionando a los indígenas, con sus armaduras, montados en briosos corceles como míticos centauros, empuñando en una mano una cruz y blandiendo en la otra un acero de Toledo, los ancestros nativos y su descendencia, fueron sometidos permanentemente por la cruz y la espada. Hasta ahora. Decimos hasta ahora, pues luego de más de tres siglos de dominación hispánica, política y religiosa, tuvimos un siglo de caudillos militares, y después, cada tanto, un dictador acompañado de un obispo, como Leguía que tuvo a su lado, nada menos que al arequipeño Emilio Lissón Chávez, quien nombró al dictador como “Caballero de la Suprema Orden Militar de Cristo”; y una vez que éste cayó luego de once años, el acólito fugó a la Italia fascista y más tarde a la España franquista; no podía volver al Perú, desde que había dilapidado propiedades bien o mal habidas del arzobispado limeño. Ahora, a este ladronzuelo, alcahuete del poder, que excomulgó a Haya de la Torre, la jerarquía eclesiástica lo quiere consagrar santo.

Las constituciones del Perú, tantas veces maltratadas y parchadas, establecen que esta nación es un Estado Laico, sin embargo, la iglesia católica, tiene y mantiene privilegios, mayores que cualquier otra comunidad, nativa o adoptiva. No solo tiene exoneraciones fiscales por las propiedades y negocios lucrativos que posee, sino que también tiene provechosas subvenciones, como jugosos sueldos del Estado a sus jerarcas, empezando por el Cardenal, que gana más que un ministro. Y lamentablemente, militares, dictadores y la iglesia, juntando al poder de las armas, la fe religiosa, han hecho de este país, un botín. Unos y otros, han sido instrumentos de dominio de intereses foráneos, incluido, por supuesto, el Vaticano. El llamado Concordato, lo entienden estos prelados como un acta de sumisión. Por ello, Cipriani se despacha a su gusto, cuando manifiesta que “los derechos humanos son una cojudez”; o recientemente, que “los que combaten en el Vraem no pueden andar con guantes y mandil blanco”, justificando el asesinato de una niña de ocho años en Ranrapata. Por ello, se siente un Richelieu y reclama para sí la PUCP; y por aquí no le faltan imitadores. Por ello es que estos jerarcas, meten su nariz en los asuntos del Estado, atropellan los derechos reproductivos y condenan el aborto terapéutico y para casos de violación, llamando a las autoridades de salud de “Herodes”; pero encubren los delitos de pedofilia que cometen sus curas, y callan, en todos los idiomas, sobre la esterilización forzada de miles de campesinas por el Fujimorato. Como siempre, la doble moral. Claro que hay excepciones, algunas promociones de militares, verdaderamente patriotas como en los tiempos de Velasco; o movimientos como los religiosos y religiosas de la Teología de la Liberación; pero cada vez son menos. Los que abundan y mandan hoy, son los fundamentalistas, como los Opus Dei, y similares. Con ellos ha sellado un pacto el comandante Humala cuando, siendo candidato, acudió con Nadine a besar el anillo de Cipriani. Nuevamente juntos, la espada del deshonor, y la cruz inquisitorial de un Torquemada. Recordemos que la primera víctima de esa espada y de esa cruz fue Jesús, el judío de la tribu de David.

Deja una respuesta

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE