Sólo no permitas que muera como un pobre desgraciado

Amor al chancho

Pequeño, cuando aprendas a leer y cuando finalmente entiendas los disparates que digo sabrás que tienes una gran responsabilidad con este hombre solo -y vacío como de costumbre- pero que te quiso como un hijo y, aunque nos duela saberlo, destinado como todos a una difícil y triste vejez. Yo te quise tanto pequeño Conejo Tambor, sin embargo nunca me atreví a cambiarte un solo pañal porque en casa el único que tenía mascara anti gas con doble filtro, era tu padre, y yo siempre fui un cobarde, en todo.

Le tenía miedo a los perros, al agua, a las alturas, a los locos desnudos y a las locas con ropa, a las mujeres de buena y mala familia, pero sobre todo a las responsabilidades. Y sigo sintiendo el mismo miedo a recorrer el poco o mucho trecho que queda.

Volviendo al pañal que nunca te pude cambiar, bien cierto es que hice incontables intentos: ganchos en la nariz y peligrosas bolsas en la cabeza, una que otra vez bajo inverosímiles hipnotismos (mentira) o bajo el impulso de una suculenta paga, descuida, no lo tomes a mal. Pequeño, habían días, sobre todo a partir de que empezaste con los purés y las papillas que, ante un nuevo intento, toda la familia me hacía una memorable barra de estadio: “vamos, vamos… cambia el pañal de tu sobrino, debes practicar para cuando tengas uno”… ¡Ah pequeño! La familia es la clase menos informada y más prejuiciosa, creían tanto en las convenciones sociales como en Dios, pobres confundidos.

A veces la familia es como la iglesia. Finalmente tu caquita podía más y yo con lágrimas de general me daba a la retirada entre los fuegos del asco o la simple decepción, no de que tu olor fuera tan fuerte sino de que mi patética debilidad evite tan anecdótico contacto.

Pero no creas pequeño, hijo mío… en cambio, sí que te hice orinar más de una vez con la complacencia de un verdadero padre que ve a su crío dar sus primeros pasos. Debes saber que orinabas en todo objeto que tuviera un mínimo de fondo, incluso en dos manos juntas. Pequeño, sé que esta responsabilidad para conmigo la debería asumir un hijo carnal y no tú, mi sobrino. Pero no puedo procrear, estoy convencido. No puedo tener un hijo y no porque sufra de deficiencias fisiológicas o de otro tipo, sino es que hasta donde todos dicen, luego de un exhaustivo pero informal análisis, sigo viviendo en negación, y por lo que a mí respecta lo seguiré haciendo hasta que muera. No quiero tener uno como tú, es decir, un niño.

Por eso te he amado tanto desde que naciste y he tratado de ser un padre que siempre jugó de visitante y no de local. Es mejor así, cuando dar amor es cuestión de tiempo y este se puede interrumpir voluntariamente para  realizar otras actividades, ¿cuáles? es una pregunta de abrumadora complejidad. Pequeño espero que todo el amor que te he dado sea suficiente para que cuides de este gran y buen pendejo cuando no pueda hacerlo por sí mismo, y espero también que hayan sido suficientes el tambor de piel, el globo terráqueo, los zapatos de luces, la piscina, la beca para estudiar música, el haberte rescatado la manita de la furia de una puerta cerrada de golpe, el haberte cuidado, vigilado, engreído y acariciado… Todo aquel gran amor que más de una vez intentó suplir el de tu padre ausente.

Pequeño, me dejo en tus manos que me peinarán, cargarán, calentarán y protegerán aunque nunca me cambies el pañal, aunque nunca me digas te quiero, aunque nunca me beses la frente… Sólo no permitas que muera como un pobre desgraciado y de ser así sólo no permitas que me duela… Pequeño Conejo Tambor, casi hijo mío.

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