Somos menos pobres, pero ellos son más ricos

Puñetazos

Acabo de regresar de pasar unos días en el espectacular Callejón de Huaylas. El paisaje es majestuoso: glaciares tropicales, valles fértiles, templos prehispánicos, pueblos dinámicos y gente cálida. La postal habría sido perfecta de no ser por un detalle, un ruido molesto y obsesivo muy tarde pasada la medianoche.

Al comienzo pensé que se trataba de cohetones, de fuegos artificiales, pero me di cuenta que, a esa hora, todas las fiestas patronales ya se habrían terminado; pregunté…  y la realidad resultó ser escalofriante (por lo menos desde mi punto de vista). Según los lugareños, por las noches las mineras presentes en la región (Barrick, Antamina entre las principales) revientan cargas de explosivos dentro de su trabajo de explotación.

La verdad es que no investigué este hecho más allá; sin embargo, no me extrañaría por un segundo que fuese verdad, teniendo en cuenta el contexto. Lo que sí hice fue tomar el pulso a las personas con las que me topaba en el camino, preguntarles su opinión acerca de la minería, del canon minero, del rol de las autoridades y hasta les pregunté sobre los mineros ilegales. Todos coincidieron en lo mismo: la minería estaba destruyendo el paisaje, como me lo hicieron ver a la atura de Jangas.

La minería rendía jugosos beneficios cuya inversión ellos no percibían en su vida cotidiana. Muchos se quejaban de las malas carreteras y se cuestionaban ese tan mentado desarrollo. Yo, no obstante, repliqué que veía que se estaban pavimentando algunas  rutas importantes (como Huaraz-Chavín o Caraz-Chacas). Un campesino me escrutó con media sonrisa y con su respuesta me hizo patente la ingenuidad del que es ajeno al problema: “esas mineras dejan tanta plata que debería estar asfaltado hasta el interior de nuestras casas; además solo se asfaltan las pistas que a ellos les convienen”.

Y, obviamente, con esas palabras no me hablaba solamente de las mineras, sino también del rol de las autoridades y de lo que hacen con las enormes sumas producto del canon. Podría resultar sorprendente (desde la perspectiva limeña que infantiliza a todos los provincianos y criminaliza a todos los “anti-mineros”) la lucidez de varios de ellos frente al problema que los afecta, pero, en realidad, no hay nada de qué sorprenderse y, en el fondo, tampoco hace falta ser muy preclaro para comprender el panorama en su conjunto. “Muchos de los alcaldes llegan sanitos, con buenas intenciones, pero la plata manda y las mineras se compran a todititos”.

Personalmente, no  creo que todos los alcaldes y autoridades sean ‘víctimas’ de la irracionalidad minera que los corrompe, pero como me dijo un chofer de la zona, “son igualitos”, es decir cómplices del mismo delito. Hay una colusión obvia entre minería formal, cuyo poder económico es enorme, y poder político que los justifica en sus aspiraciones; peor aún, hay un secuestro de este último según las exigencias y necesidades de la explotación minera.

Por otro lado, están los mineros informales y al respecto también inquirí. Algunas de las opiniones de los ancashinos me parecieron extremas o equivocadas, que casi  no había o que no hacían daño (sospeché que estaba conversando con un minero informal), pero varios también tenían la cosa clara: “bien contentos están las grandes mineras de que existan esos otros mineros ilegales, porque así se sienten legítimos”.

Incluso un huaracino me sugirió (de fuente cercana según él) que los vínculos entre la salvaje minería ilegal y las grandes empresas de explotación eran  bastante opacos. Para la gran mayoría de personas con las que hablé, también resultaba obscena la riqueza que ostentaban los empresarios de este rubro. “Hay otra vez aeropuerto desde que hay minería, pero qué va a pasar cuando ya no haya más que explotar”; “tienen sus urbanizaciones, sus propios colegios, y hasta cine dice que tienen”; “pasan con sus carrazos y nos llenan de polvo”; “es que desde Lima, no se puede entender el problema”.

Otra opinión que me pareció interesante (y constante) es que “las mineras compran el silencio de la gente”; “hace poco murió un campesino de una comunidad y ya le han pagado su dinerito a su viuda y ya nadie habla del tema”. He regresado con la mente llena de imágenes sublimes, Pastoruri, Llanganuco o Chavín, y convencido de la belleza de este país. Pero, de la misma manera, también he confirmado la paradoja del desarrollo peruano que resumo en la opinión de una guía local: “somos, sin duda, menos pobres, pero ellos son inmensamente más ricos”.

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