Una rutina con espejos negros

2335 Diego de la Cruz

Joaquín se siente un poco mayor, ya está imaginando que quiere ser de grande. El año pasado regaló a su padre un cenicero que moldeó con sus propias manos, su sentido crítico se manifestó días después de aquel tercer domingo de junio: “papá debe dejar de fumar”. Aquel cenicero se exhibe en casa y lleva encima caramelos. El momento favorito de Joaquín es cuando usa la impresora 3D de la escuela, quiere regalarle a su padre una máscara en navidad. Sus diseños parten de los diablos caporales, una tarea difícil para alguien de su edad. Eso no impedirá que lo intente, tiene actitudes hacker como su padre.

Con las impresoras 3D se pueden fabricar guitarras, coches y reconstruir huesos. ¿Joaquín se convertirá en médico, músico o diseñador de autos? Falta mucho para responder esto.

Mientras Joaquín visita la web del Museo Binacional de Culturas Altiplánicas en busca de diseños de máscaras, su hermana Luciana atiende notificaciones en su tablet, algunos de sus textos formativos se han corregido. Ella monitorea fuentes relevantes para su exposición bimestral con ayuda de Google Noticias. Un político relevante acaba de fallecer, por lo que su biografía se actualizó y se ha creado un foro sobre el tema. Luciana tiene una exposición programada para el lunes sobre el político y su reciente ganada reelección. Quiere pedir una prórroga para considerar los cambios recientes (y no perderse la fiesta del sábado), redacta un email al profesor y cruza los dedos. Necesita pulir su oratoria, planea pedirle ayuda a una amiga que le gusta durante la fiesta, es la más elocuente de la clase.

Luciana quiere ser arquitecta y su próximo viaje a Barcelona la tiene entusiasmada. Durante su primera visita a Europa, conocerá la Sagrada Familia de Gaudí. Con ayuda de Street View puede explorar sus alrededores. En su cuarto hay dibujos hechos con lápiz, donde vemos rascacielos, semejantes a aquella basílica, unidos por puentes.

José, el hermano mayor, aún no sabe que quiere hacer cuando termine la escuela. Durante la cena conversa con sus padres sobre la época en que compraban casi tres kilos de papel al año para contar con todos los libros exigidos. Mucho más que esa información, conectividad y sensores caben ahora en un pedazo de vidrio y plástico de unos 300 grs. Cualquier tema es bueno mientras se arma de valor para pedir ayuda. Su padre le ha regalado una vieja edición impresa de Siddhartha, de Hermann Hesse.

– Me lo dio tu abuelo. El tamaño del texto no se ajusta y tienes que usar un marcador de cartón, pero creo que es el libro que necesitas. Sabes que mañana parto y regreso en diciembre. Me puedes llamar a cualquier hora del día por si necesitas algo urgente, me conectaré para poder conversar todas las noches contigo, a partir de las 10. Mamá no está con nosotros, por eso me esforzaré el doble.

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Parte de esta relato es posible actualmente, pero solo para una minoría. Nuestra realidad es que tenemos libros de texto y computadoras mal empleados, algunos con errada o nula distribución y sin planes de uso. El poco rigor o la corrupción, como lo denunciado respecto a las computadoras OLPC y los kits de robótica nos deparan un futuro que extiende este triste presente: Bienestar y acceso a la tecnología para unos pocos.

Mientras tanto, en España: El debate de la Mochila Digital.

Esta columna se publica bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 Unported

2 respuestas a “Una rutina con espejos negros”

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