Ciclovías

La columna

 

El domingo en que todo esto comenzó, yo salí a pedalear ignorante del nuevo espíritu saludable de los municipios, preparada a enfrentarme -como siempre- a los energúmenos que van sobre las 4×4, sintiéndose poderosos e intimidantes, a los choferes de combi que te cierran intempestivamente el paso porque algún desconsiderado peatón levanta la mano donde se le ocurre; y a los que les gusta tocar su bocina en exceso.

De pronto, aquella avenida usualmente ruidosa y peligrosa, era un remanso de silencio. Las cintas y conos que cortaban el tránsito, así como los efectivos del serenazgo y personal del municipio de Yanahuara instalados en carpas y premunidos de cintas para el cabello, toallas y agua que obsequiaban a los eventuales ciclistas; me dejó boquiabierta. Una emoción parecida a la que sentimos cuando suenan las notas del himno nacional en algún estadio mundial haciéndonos soñar con alguna improbable victoria, me invadió completamente. No podía creer que los usos y maneras que parecen reservadas al primer mundo se hubieran instalado ¡en mi barrio!

Obviamente, después me enteré que todos los alcaldes habían sufrido repentinamente de un ataque de conciencia ambiental, espíritu de prevención y otros valores cívicos avanzados, obligados por el Ministerio de Economía que condicionó la entrega de ciertos fondos a la implementación de programas de prevención de salud. Y así, muchos optaron por cerrar calles el domingo, provocando inmensas congestiones de tránsito, pero cumpliendo el requisito.

De todas maneras, las ciclovías dominicales algo han calado en laconciencia ciudadana, pues de los dos adultos y tres niños, más uno en patineta que hacíamos uso de la ciclovía aquella primera vez, ahora nos hemos multiplicado varias veces y los conductores ya no nos miran tan feo, desde el otro lado de la avenida, atollados por la congestión vehicular mientras nosotros recorremos la pista a nuestras anchas, aunque sea por una pocas horas.

El último domingo, advertí un movimiento inusual. A los dos policías y 3 efectivos de serenazgo que custodian las 2 esquinas estratégicas para impedir que los vehículos ignoren la prohibición de paso y atropellen a algún ciclista, se sumaron tres efectivos motorizados del serenazgo y una ambulancia que alarmaba con sus luces intermitentes. Dos o tres curiosos arremolinados impedían ver lo que había ocurrido en la desierta avenida, hasta que –ya cerca- pude ver que se trataba de un niño de 10 a 12 años que lloraba tomándose la pierna. Dos paramédicos y su padre trataban de consolarlo y le curaban probablemente una herida superficial. Más allá, la rueda trasera de su pequeña bicicleta aún giraba con energía decreciente. Todo estaba demasiado bien. Me emocioné otra vez.

De vuelta a casa, la noticia me devolvió a la realidad de un contrasuelazo. Apenas 24 horas antes de ese apacible domingo, el alcalde de Yanahuara y las principales autoridades de la región habían inaugurado, con gran pompa y afán de figuración, una obra de drenaje (algo también elemental para hacernos creer que vivimos en una ciudad), que ¡estaba tapada al final de su recorrido!, que no tiene autorización de los propietarios del terreno por donde pasa, y que se anunció como un logro en una ceremonia que constituye un verdadero acto de cinismo.

Aún estamos en el tercer mundo, pero ¿hasta cuándo?

Una respuesta a “Ciclovías”

  1. Susana dice:

    Yo también me caí de la bicicleta

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