El hombre que no creía en las grandes ideas

Amor al chancho

“Y hallándome en días tan difíciles decidí alimentar

a la ballena que entonces me albergaba”

(Antonio Cisneros)

Por ti visité Lima en abril de este año. La capital es más grande que el recuerdo que tengo de mi casa de la Cooperativa 14. Amplio patio coralino donde jugábamos con el perro cuidándonos que no nos diera con su cola sangrante (mi madre decía que era la mordedura de un murciélago que no era del distrito).

Cuando llegué hacía un calor que me he permitido calificar “de la csm”. Yo tenía un sacón negro de pana, es que me habían dicho que allá el cielo era negro y la fiel garúa a la que llaman “lluvia” arrancaba en la mitad de marzo. Me sentí “blando y picante/ como el alma de la malagua” [1]. Me sentí como un cojudo que hace caso a las recomendaciones de otro cojudo que al igual que el primero nunca había olido el mar de Barranco ni vio los arenales nacientes ni viajó gratis en tren, por encima de la ciudad, donde hasta este día truenan tus cuatro boleros maroqueros[2].Querido Toño, querido Cisneros Campoy, ahora sean contigo todas las especies marinas que respiran tu poesía sin pensar en la muerte.

Tomé un taxi en Aramburú, puse seguro a las puertas y guardé, para el viaje de regreso, el temor de morir noticiosamente. Me quité el sacón de pana y fui a tus lecturas como va el haragán a la playa.

Entonces entraste puntual al auditorio, eras alto como un árbol de papayas pero estabas chino como un chancho, de tierra. Un viejo folder de cartulina contenía tus poemas, uno muy parecido al que cargan los hombres calvos que viven denunciando el mal servicio de las empresas de agua o luz. Tu chompa guinda (roja al sol) enrollada al cuello, me recordaba a un viejo trapeador del que nos costó deshacernos porque era bueno con el polvo, las manchas y la fiebre que deja un golpe de taco en la canilla (mayo de 1992, sin comentarios).

Te sentaste entre otros viejos poetas que, sin desmerecer, no serán recordados con una antología en la mano y el deseo de retroceder el tiempo zurrándose en la ciencia, sólo para decir: Ay Toño, qué carajos, Toño, fuiste el mejor. Qué día de invierno soleado en el muelle ni qué ceviche de ancocos, Antonio.

Para ser sincero, aquel día no me cautivó la forma en que leíste tus poemas, prefiero tu voz cascada diciendo Yo no soy un hombre de partido, yo no soy un hombre que cree en las grandes ideas, soy de una naturaleza profundamente escéptica y siempre lo he sido” [3]. Prefiero tu poesía en mi voz aunque sea como “el gajo del limón en los pantanos” [4]

“Toño está asado… Toño está asado” decían los asistentes que llevaron tus libros, como yo, para solicitarte una rúbrica torcida, desigual, casi industrial (para fulano, un saludo cariñoso de Antonio Cisneros. Lugar y fecha). Es que los poetas franceses aún no llegan y el buen Toño, el buen salvaje ya quiere empezar. Su voz cascada reniega de la inusual impuntualidad europea. Antonio quiere empezar pero el presentador lo aguanta como a un Crack con los chimpunes lustrosos y el partido en contra. “Así no puede ser, qué es esto” dice Toño.

Así no puede ser, digo yo, cómo que te has muerto y ahora sólo queda recordarte como al abuelo Burromeo Caballero, que no pude conocer porque estaba muy viejo o porque se desbarrancó del cerro mágico de la campana y desde entonces fue sensible como una varita de apio. Así no puede ser, cómo que te han echado al mar, ay Antonio, cómo que te has ido… Haber tenido que enterarnos de tu muerte en la página de El Comercio durante una reunión de trabajo fue puro dolor. Aunque hubo quienes no movieron una ceja por estar pensando en otras cosas (por eso la política es texto ineludible en el baño).

Yo recuerdo la primera vez que te vi. Un periodista de “El Telégrafo” de Ecuador te preguntaba sobre tu obra, eran casi las 4 de la tarde, cerca, el Chili murmuraba. El viento arequipeño te daba en el cabello y en la panza cómo no. Yo hacía las fotos esperando que me fueras a pedir unas cuantas en tu correo personal pero sólo me firmaste tu antología personal (para fulano, un saludo cariñoso de Antonio Cisneros. Lugar y fecha).

Ahora que te fuiste y no me aumentaron el sueldo como yo hubiera querido y subió el magnesio dos soles más, aunque las hojas de afeitar se mantienen, todos preguntan por ti, incesantemente. Lo que es yo, no pienso volver a Lima porque no hay a dónde dejarte flores y porque las lecturas, probablemente, no volverán a ser las mismas sin ti, aunque repito, no me gustaba tanto cómo leías tus poemas. Corrijo, probablemente la poesía no vuelva a ser la misma sin ti.

 

[1]Mi hermano, “Crónica del niño Jesús de chilca” (1981)

[2] “Como Higuera en un campo de golf” (1972)

[3] “Antonio Cisneros y la metáfora de la experiencia”, (Entrevista de Miguel Ángel Zapata)

[4]Réquiem (2) “Las inmensas preguntas celestes” (1992)

 

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Una respuesta a “El hombre que no creía en las grandes ideas”

  1. El hombre que no creía en las grandes ideas – El Búho
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