Gobierno a la mala

La columna Mabel Cáceres Calderón

El gobierno de Ollanta Humala, con apenas 18 meses en el poder, ha iniciado lo que previsiblemente será su largo e improductivo declive. Una vez más, el país se lamenta de su elección, mientras que los oportunistas de siempre presionan desde todos lados para –en función al pánico que produce a los políticos la pérdida de popularidad- mantener el gobierno enfocado en sus particulares intereses.

Una nueva oportunidad, se ha perdido.

Las señales de lo dicho, abundan, pero son incuestionables los sucesivos y anodinos tres gabinetes que ya han pasado bajo la conducción, breve y desafortunada de personajes que no tenían la talla mínima para esa responsabilidad. No parecía ser el caso de Lerner, pero hace poco lo confirmó y el actual Jefe del gabinete, Juan Jiménez Mayor, ha dado muestras de una lamentable obsecuencia, ya no al presidente, sino -qué extravío para la democracia- a la primera dama.

La impertinente intromisión de Nadine Heredia en asuntos de gobierno y el tufillo demagógico que ya exhala en sus discursos (transmitidos sin ninguna justificación por el canal del Estado), se parecen mucho al autoritarismo de otros tiempos que –suponíamos- habíamos superado a costa de dolorosas y desgastantes lecciones.

El presidente Humala, por su parte, se  ha ido “sincerando” con la población demostrando la superficialidad e inconsistencia de su discurso preelectoral, pero también revelando su verdadera talla moral, intelectual y de estadista. Otorgar un indulto injustificado a Fujimori –algo que al parecer se negocia afanosamente hace algún tiempo- no sólo sería una alta traición a su discurso político, sino sería la confirmación de que estamos ante un vil oportunista y canallesco politiquero que burla sin reparos la confianza de los que lo eligieron como el conductor de “la gran transformación” y sincero combatiente de la corrupción.

La situación, más que grave (algo que resulta relativo en el Perú), es desmoralizante. La coyuntura exhibe el protagonismo mediático del Movadef, y la realidad ignorada del narcotráfico a gran escala que se ha vuelto incontrolable. El centralismo político, financiero y cultural está rabiosamente vivo y la fragilidad de los gobiernos regionales, una expresión de la creativa política-ficción que caracteriza nuestro sistema democrático, no puede ocultarse más. Los abismos que separan a diversos sectores de la población y los conflictos que surgen en consecuencia, son la principal característica de la sociedad peruana.

Lo que el gobierno ha demostrado ya, es que será incapaz de manejar estos temas con solvencia. Menos aún, podrá encaminar alguna solución, por lo que –una vez más- estamos a la deriva. Parece que este estado, no sólo se acepta, sino es fomentado por grupos de poder que medran de esta descomposición y desconcierto. Sólo eso explica esta suerte de fatalidad nacional.

Para Arequipa y el Sur, tan esperanzados en los -recurridos para el discurso- “grandes proyectos de desarrollo”, la situación es, tal vez, peor. Majes Siguas II está y estará entrampado por buen tiempo, con el consentimiento –por omisión- del presidente Humala quien se había comprometido con ese sueño durante su campaña política; el gaseoducto sur andino y la instalación de una planta petroquímica en esta región, han sido boicoteados de manera abusiva por un nuevo proyecto de gaseoducto que impulsa nada menos que ¡el propio gobierno! La carretera interoceánica sigue en calidad de quimera pues no hay previsiones para convertirla en una vía para generar nuevas vocaciones productivas en la región; y la descentralización política y fiscal, ha vuelto a ser pateada hacia adelante, lo que en las circunstancias actuales, no deja de tener sentido.

Así pues, las grandes masas populares del Sur que apoyaron fervientemente el proyecto nacionalista, incluso desde las elecciones de 2006 y que, en la práctica, le dieron la victoria al partido del hoy presidente Ollanta, siguen –y seguirán un buen tiempo- sin ver satisfechas sus expectativas y sus derechos realizados. Porque la política es, hoy más que nunca en el Perú, el arte del engaño. Y la falta de escrúpulos, le ha quitado hasta el ingrediente estético que toda habilidad o “arte” supuestamente trae consigo.

Todo esto sólo ha sido una fea manera de engañar a la gente para llegar al poder. Y una vez allí, ni siquiera saber usarlo.

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