La Luz y la Sal

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

Dos días antes de morir, Lucila Salas todavía comandaba desde su silla a los ejércitos de su fogón. Vigilaba que a ningún distraído se le fuera a pasar la mano con los aderezos, el tiempo en la candela y todas las cosas propias de la magia en los calderos. Si Merlín hubiese tenido ayudantes hubiera estado diariamente en el mismo predicamento.

La Lucila pasó casi toda su vida sumergida en esa rutina. Mientras hubo fuerza en sus brazos, cogía el pesado batan para darle de alma a las especias que se convertirían en la marca registrada de su sazón, la misma que fue probada durante 60 años por los devotos de la cocina arequipeña, junto a la ceremonia obligada de quienes llegaban a entrevistarse unos momentos con la artífice de todo el asunto: el prende y apaga, combinación deliciosa de dos temperaturas. El incendio del anisado que se alivia solo con la frescura de una chicha refulgente. Repita las veces que sea necesario.

En un país donde muchos chefs se han convertido en rockstars y han cambiado las ollas por las cámaras de TV, La Lucila tenía tiempo para atender en persona a quien preguntara por su presencia. Ordenaba de inmediato que trajesen la botella de Najar y el caporal de chicha para recibir al curioso que se le acercaba, a veces solo para comprobar si la leyenda era cierta. Con noventa y tantos años ella seguía decidiendo los destinos de la tradición culinaria arequipeña. A los desavisados les explicaba con su paciencia de abuela cuál era el procedimiento correcto del ceremonioso trago…

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