Los tumores de la democracia

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Desde niño aprendí (aunque no lo entendiera) que democracia era el régimen de gobierno que pertenece al pueblo. Que las autoridades son elegidas por un determinado tiempo según leyes establecidas previamente. Que lo que caracteriza el cuerpo ejecutivo, judicial y legislativo de un Estado democrático es que no prima en su interior lazo alguno de parentesco, de vínculo religioso o cultural que signifique la supremacía de algún o algunos individuos sobre el resto, pues el eje estructural de la democracia es que en su seno todos los individuos son iguales en derechos y obligaciones. Que la mayoría manda, pero que eso no implica perseguir a las minorías que son diferentes. Luego, con los años, aprendí también lo que significaba ilusión, mentira, promesa, utopía, y otros tantos conceptos vinculados al primero. Justamente, Tzvetan Todorov en uno de sus últimos libros plantea que la democracia, hoy en día, vive amenazada por diversos fenómenos que el intelectual búlgaro califica de “hipertrofias engendradas en el seno mismo de la democracia”. Según él, todo comienza con el recién llegado a la teoría política: el individuo.

Dice Todorov que con el empoderamiento del individuo frente a la masa, este aspira cada vez más a una autonomía (de conciencia y  política) que puede resultar amenazante para el colectivo. Surgen entonces, dentro de la democracia, actores que pretenden controlar al individuo para evitar que escape a cierto poder regulador y a los intereses coyunturales de la autoridad. Los mecanismos de vigilancia de la sociedad se multiplican, la represión, los campos de concentración, las doctrinas de la verdad y de la justicia que se atribuyen derechos de injerencia en la vida privada del individuo. Esta democracia “moderna” ha logrado imponerse a regímenes tiránicos en el sudeste asiático o acá en Sudamérica, pero no ha cambiado en mucho la situación precaria de los DDHH de una gran cantidad de sujetos que no acceden a la categoría de ciudadanos.

Curiosamente, dentro de la democracia surgen dinámicas que se presentan como la realización exitosa de la misma, pero no son sino una deformación, esa hipertrofia de la que hablaba líneas arriba. Todorov se refiere, en primer lugar, al mesianismo, ideología que pretende, paradójicamente, imponer por la fuerza  ‘su’ correcta interpretación del bienestar y del progreso. El mejor ejemplo fue el de la Guerra de Irak (2003-2011) donde a los valores de democracia y de libertad que los norteamericanos pretendían exportar se añadió el del “derecho del pueblo iraquí a hacer libre empresa”.  Así como en los trasnochados proyectos colonialistas europeos o en las anticuadas promesas comunistas  que también se apoyaron en soportes militares, de igual manera la democracia moderna pretende hacer de la fuerza, la fuente del derecho. En ese sentido, Todorov menciona un segundo enemigo contemporáneo de la democracia, la tortura. Se trata de un pacto tácito entre un Estado que se presenta como garante de la seguridad de sus ciudadanos y un pueblo que acepta que para tener seguridad se recurra a cualquier tipo de estrategia, aún cuando esto implique que justos paguen por pecadores. Algo que aquí en el Perú conocemos con bastante agudeza y que en pensamiento fujimorista se traduce como “el fin justifica los medios”.

Este refrán también es válido para definir al tercero de los tumores de la democracia actual, (y que hasta parece un verso) el de la autonomía de la economía. Los jinetes de las fuerzas económicas (que se me antojaría llamar más bien ‘los titiriteros’) escapan a control político alguno. Muy por el contrario, son los mismos Estados los que se someten a su autoridad y se ponen a su servicio, trastocando su rol y dedicándose a proteger exclusivamente al opaco poder paralelo de la economía. Es aquí cuando me doy cuenta que el concepto que aprendí de niño queda trunco, pues ya no es el pueblo el que detenta el poder, sino los bancos (o las mineras en nuestro caso) e individuos que sin ninguna legitimidad política pueden cambiar el curso de la economía de un país con tan solo un click. El resultado de todo es una ruptura de los principios que fundan la democracia, en donde la desmesura del ultra liberalismo económico atribuye a ciertos individuos una libertad extrema capaz de decidir la suerte de todo el espacio colectivo.

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