Lucila, un adiós que se prende y apaga

La Revista Avatar

El domingo amaneció más temprano, con un frío añil que se colaba entre las piedras de Sachaca. Aclaró  poco después de las cuatro de la mañana. Pero cuando Gladys Ballón vio la cama le pareció infinitamente más grande y todo tan oscuro como el luto que había empezado a usar. Gladys, sin quererlo, había adquirido el mismo rostro de llanto macerado, de vida larga y ojos de pena tierna, iguales a los de su madre Lucila, que de tanta permanencia empezaba a parecerse a la cara de una mujer en paz.

Hasta la víspera del viernes, Gladys había dormido acompañando a una leyenda viva, es decir, al lado de su madre. Lucila Salas tenía 95 años, cinco hijas, 11 nietos y 10 bisnietos. Su nombre estaba tallado en madera al ingreso de su local: La Lucila. Por ahí habían pasado miles, algunos como peregrinos que venían a rendir tributo a algún dios del paladar.

Otros, más bien, eran como aves migratorias que llegaban con el verano a probar sus picantes, o sus chupes y no se iban felices si no la saludaban. Ella respondía al cariño ofreciendo su “prende y apaga”. Lucila había convertido el estómago en un interruptor que encendía con anisado y apagaba con chicha.


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