¡SÓLO ESTAMOS JUGANDO!

El regreso

Una pareja de enamoraditos, quizá frisaban los 15 años, discutían acaloradamente en una calle semioscura, unos segundos después él la golpea ferozmente en la cara y ella grita y trata de protegerse del golpe. Apenas tengo tiempo de gritar, mientras cruzo la calle e intento entrometerme en el lío para evitar que el mocoso abuse de la chica.

El jovenzuelo, se enfrenta envalentonado y me dice que no me meta, que no es mi problema y cuando amenazo con llamar a la policía, la chica que sollozaba contra la pared, intenta agarrar mi celular para evitar que haga la llamada y me dice con voz temblorosa: “No señor, no llame… sólo estamos jugando”… no salgo de mi asombro ante tamaña justificación. ¿Cómo es posible que la víctima defienda al agresor? ¿Es que acepta que la violencia es parte normal de una relación? ¿Vio eso mismo en casa? ¿Qué tiene que pasar por la cabeza de una adolescente para que salga en defensa de un sujeto que abusa de ella? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Se aplica aquí también el famoso síndrome de Estocolmo? ¿Es posible que a la víctima le guste el maltrato?

Podría seguir haciendo preguntas y quizá muchas de las respuestas tengan un común denominador; el desagradable y atávico machismo, esa conducta aprendida y asumida por una gran mayoría de hombres que fueron criados de ese modo para someter a las mujeres y discriminarlas.

Nada justifica la violencia contra la mujer, pero sí es importante analizar algunos de los detonantes de esta conducta por parte de los varones, sin que esto los exima de toda responsabilidad en tanto y en cuanto son conscientes de sus actos; pero uno de los factores es ese machismo impulsado por las propias madres desde que hacen distingos entre sus hijos dándole todas las prerrogativas al varón y postergando a las mujercitas como si fueran seres indefensos y necesitados de protección que sólo la puede brindar el hombre. Encima, los incomprensibles y anacrónicos principios católicos que son impuestos desde la niñez en todos los ámbitos de la sociedad que refuerzan esas actitudes machistas, como si ese fuera un deseo divino.

La sociedad misma es machista, el mundo está hecho para los hombres en gran medida y la lucha por conquistar nuevos espacios es dura para las mujeres; según cifras del INEI, hacia el 2004 el ingreso promedio mensual de un trabajador hombre en Lima era de S/. 908 y el de una mujer, S/. 644, es decir, la brecha entre ambos llegaba a 41%. A fines del 2011, el ingreso promedio del varón aumentó a S/. 1,494 y el de la mujer, a solo S/. 992, ampliándose la brecha a 50%, para hablar de un solo ejemplo de cómo es que se trata a las mujeres en la sociedad.

Lo peor es que no hay ninguna justificación para eso, pues las mujeres tienen la misma, y quizá mayor en algunos casos, capacidad que los hombres, la misma preparación, trabajan la misma cantidad de horas que los hombres y sin embargo ganan menos. Es decir, la brecha salarial sigue existiendo e incluso se ha ampliado.

Ahora que celebramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, a la que por cierto cada año nos sumamos más personas, es necesario que las mujeres especialmente, no críen hijos machistas, no incentiven la discriminación porque luego esos hombrecitos terminarán como el jovencito de la historia que conté al inicio.

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