UNA FEIZBUKERA TIPIFICACIÓN

desde mArte

Tengo una increíble facilidad para la dispersión. Mientras ensamblo palabras como si fueran las piezas de un rompecabezas, caigo en la tentación de abrir mi libro de rostro, si así se traduce literalmente el Facebook o diario virtual, donde, como algunos de ustedes, unos con más frecuencia que otros, leo y me leen, me exhibo y se exhiben, reclamo y reclaman, creo y crean, y creen.

He llegado a pensar y es posible que muchos coincidan conmigo, que cada feizbukero es como su muro, parecido a las imágenes y a los pensamientos publicados allí. Hay de diferentes tipos: los exhibicionistas, como yo, que aman fotografiarse y colocar las imágenes en las que mejor lucen (¿será la búsqueda de piropos virtuales en ausencia de los reales, o un guiño a Narciso?). También están los que tratan de reflejar sus ideas, creencias, pensamientos y opiniones en torno a asuntos discutidos en la red, o a otros, ajenos a la misma y producto de intereses especiales o momentos particulares (entre los que también me incluyo).

Están los devotos. Los que cuelgan estampas, oraciones y plegarias diarias, como invitando a más adeptos a sus creencias. Los que creen en los milagros de la oración (grupo con el que comparto el poder de la fe). También ubicamos a los fundamentalistas, a aquellos que demandan, intransigentemente, obediencia y sometimiento a una doctrina o práctica establecida.

Hay ludópatas que no cesan de enviar invitaciones para jugar a la granja, la ciudad, el zoológico y no sé qué rollos más. Están los consumistas que nos muestran todos los días sus más recientes adquisiciones, desde el coche último modelo, la fachada de la casa, el vestido de diseñador, el postre del mejor caterer y los boletos de viaje a Dubai.

No son pocos los tímidos, aquellos que ni siquiera tienen una foto de perfil y solo le dan “like” a algunas imágenes o frases en el muro de sus amigos. No me olvido de los intelectuales, algunos realmente barrocos, con notas que demandan la contratación de un intérprete. También tengo algunas sospechas de identidades suplantadas, esos son los cobardes que se esconden bajo otros nombres, incapaces de sostener sus argumentos.

Durante la semana que termina descubrí, entre los “feizbukeros” que tengo enlistados como amigos (bueno, amigos es demasiado para abarcar también a los conocidos y contactos de interés, todFos inmersos dentro del rubro) que algunos asentían y otros disentían sobre los mensajes que publiqué en solidaridad con Luis Lama Mansur, ex Director de la Sala Luis Miro Quesada Garland del Municipio Distrital de Miraflores, en Lima.

No sé si todos estén al tanto del hecho, pero Lucho, según su testimonio, se vio obligado a renunciar a su puesto debido a la presión que ejerció el grupo Tradición, Familia y Propiedad hacia el Alcalde de Miraflores, Jorge Muñoz, por la muestra ASÍ SEA de Cristina Planas (busquen información porque de lo contrario, mis comentarios no tendrán sentido).

La perorata precedente no tiene otra razón que la de identificar a los inofensivos de los peligrosos, y la de reiterar mi total y convencido apoyo a Lucho Lama. Inofensivos los que por convención (social o política), convicción (de credo) y conversión (por múltiples razones) manifiestan su fe y rinden culto a sus íconos sin pretender influenciar a los demás, o por lo menos, sin hacerlo evidente.

Inofensivos los que juegan, quién sabe, reemplazando el casino real por el virtual evitando el desfalco familiar. También los que, como yo, saturamos con fotos de frente y a veces de perfil, cayendo en pecado venial. Tampoco dañan los que ostentan, porque de ellos es el reino del dinero y se pueden aproximar al de los cielos con un poco de generosidad. Inocuos los que transcriben chistes, dan recetas de cocina, colocan pensamientos del día, o los que creen en la astrología.

Me repelen los fundamentalistas. Esos son los peligrosos. Los que se creen dueños de la verdad. Los impermeables a la razón. Los que aseguran que su Dios es el único y en su nombre golpean, violan, humillan, censuran y ultrajan. También me dan pena, porque cierran sus puertas al conocimiento de la diversidad de credos y a la riqueza que hay detrás de ellos. Me fastidia su tontería producto de la ignorancia, su poca capacidad de comprensión, su cucufatería, la hipocresía advertible en sus actos, sus deseos reprimidos, la mentira de su verdad… Me agotan, me desaniman, no me provocan. Porque solo creen, y porque además, Dios nos hizo a su imagen y semajanza, ¿no?… EL, SOBRE TODO, CREÓ, y creo que se complace porque sus hijos, nuestros hermanos, Luis y Cristina, crean y creen.

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