Flores de Mario Bellatín

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Flores (Perú, Peisa, 2001, pp. 120)

Se ha dicho que Mario Bellatín es un escritor de lo grotesco. Ciertamente sus historias no están exentas de este carácter pero no es lo más sobresaliente de su narrativa, sino el carácter estilístico y conceptual con los que aborda lo grotesco, especialmente en esta novela: Flores (Peisa, 2001). Un lenguaje finamente trabajado, escueto y muy sugerente, casi fotográfico; precedido por una conceptualización del tema, una arquitectura mental que dispone las situaciones y los personajes. No hay desarrollo psicológico de estos últimos porque funcionan como piezas a favor del concepto; aunque las historias son dramáticas o grotescas, se narran con naturalidad y cierta limpieza y luminosidad (a lo Hemingway) en el ambiente. La estructura narrativa sigue, según se dice preliminarmente, una antigua técnica sumeria que se basa “en la suma de determinados objetos que juntos forman un todo”. Así, la estructura está ya sugerida en el título del libro; pues cada parte corresponde a un tipo de flor.

El protagonista es un escritor –a quien le falta una pierna– que trabaja para el municipio investigando sobre personas que ejercen una sexualidad alternativa, en su tiempo libre asiste a una mezquita tratando de abrazar el islamismo; paralelamente escribe una novela cuyos personajes buscan una sexualidad y religión propias. Alba, una poeta aficionada al alcohol,frecuenta un orfanato para cumplir funciones de madre postiza y atenuar su soledad. El Amante otoñal es un transexual masoquista, deja de vestirse de mujer cuando las agresiones que le infligen ponen en riesgo su vida, entonces se viste de anciana. No obstante no todos los personajes son bizarros.Está también la historia de Brian y Marjorie, una pareja común y corriente, de aspiraciones y perspectivas comunes; hasta que el simple drama de ser padres sin previa planificaciónproduce en Brian un sentimiento de frustración, más imaginario que real, respecto de sus aspiraciones por lo demás bastantes convencionales; frustración que no sabe manejar y consecuentemente le acarrea una serie de fracasos al punto de “transformarlo” progresivamente en un “monstruo” que termina envenenando a su hijo. Es la parte en la que alumbra en el libro el cuestionamiento de qué es lo normal y lo anormal.

Estas son historias que funcionan de manera independiente pero, como si tratara de flores de un solo jardín, están conectadas por las raíces. La deformación física, cuestionamiento de los fundamentos de la ciencia, formas de sexualidad alternativas, la búsqueda mística, la negación de la paternidad y la búsqueda de la maternidad (en el caso de Alba); son todos temas que se vinculan estrechamente. Estos al ser mundos presentados, narrados con la fineza estilística que ya mencionamos y, sobre todo, los sentidos del título y la disposición de las partes: flores; adquieren un contraste sugestivo y agresivo entre la normal y lo anormal. Sus personajes, bajo el estigma de la “deformidad”, en su más amplio sentido, viven abriéndose un camino que no es en nada distinto del camino que la humanidad se ha venido abriendo en la oscuridad del mundo. Las fronteras entre lo normal y lo anormal, también, se hacen más difusas si pensamos, por un lado en el escritor, Alba la poeta, El amante otoñal, (los anormales) y Brian (supuesto normal). El segundo termina adoptando cierta monstruosidad al rechazar a su hijo porque no estaba previsto en su proyecto de vida, al menos inmediato, por lo que les resulta una situación anormal. Por otro lado, que el escritor (personaje), como cientos de una generación, es resultado de un defecto, hasta cierto punto invisible, de la ciencia. Tendríamos que pensar que los otros personajes son también resultado de los “defectos” invisibles de la sociedad. Pues, los conceptos de normal y anormal así como el cuerpo mismo son resultado de la cultura.

El apartado, violetas, creo, es especialmente simbólico. Trata sobre las continuas pesadillas que sufre el escritor. Se sitúa en dos planos distintos de la realidad: uno se da en una maceta de violetas y el otro en un escenario donde se lleva a cabo un espectáculo de danza contemporánea. Al mirar detenidamente la violetas el escritor termina apareciendo sobre ese escenario con el torso desnudo y sin su pierna de metal y la gente se ríe de él. Se siente totalmente desnudo o más bien incompleto porque no tiene su pierna de metal, puesto que esta es, para él, parte de su normalidad. Esto se conecta muy bien con la primera parte del libro que cuenta cómo un doctor confunde la mano ortopédica del niño con una mano natural; hacia el final se plantea la incertidumbre acerca de qué sucede cuando los mecanismos de la ciencia se equivocan, pero que mientras tanto, las relaciones humanas, “entre lo anormal y lo normal, seguirán su rumbo como si de una complicada estructura sumeria se tratase”.

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