La Ha… Ya.

Gárgola sin pedestal

12-GAR-la Ha ya

Un servidor tiene,  entre otros documentos, pasaporte peruano y D.N.I. También tiene años; más de medio siglo, viendo y viviendo el Perú en sus varias vertientes: la oficial, la oficialísima, la oficiosa; la de los recovecos y la variante real de los abandonados a su suerte. Más por esta última,  desde hace años es que me siento más paria que nacional; más hermanado con los que huyen de las calamidades, las crisis y las guerras que con aquellos que se apostan en las trincheras vacías de cualquier orgullo patrio o elevada fe religiosa.

La globalización, con todo lo malo que deja a su paso, también está dejando —con la difuminación de las fronteras y la pérdida de soberanía de los Estados— la posibilidad de que el sueño de los viejos libertarios se haga realidad: La unión y libertad de todos los desheredados del mundo. Un sueño lejano todavía; es cierto, pero más posible que hace siglo y medio. Digo, todavía se considera “normal” que los países tengan “ejércitos” y que la obsoleta industria de la guerra vaya casi de la mano con la obsoleta industria financiera,  que en teoría “controla” y gobierna el mundo. Pero también es cierto que el potencial bélico no es ni remotamente sinónimo de poderío económico; lo saben muy bien en USA donde las armas se comen el presupuesto del bienestar social.

En este siglo XXI ya no es la guerra la continuación de la política por otros medios. Más bien, la guerra y la política asisten juntas a su propia extinción. A los países “bien armados” les está pasando lo mismo que a las señoras ricas, quienes —en el apogeo de su opulencia—, lucían radiantes sus joyas; con los años y las vueltas que da el destino, (cuando llegaron las vacas flacas), descubrieron que los collares, anillos, broches,  pulseras y toda la orfebrería de oro y plata de tantos quilates, por la que el marido dejó toda una fortuna en la joyería, sólo valen para mal librarlas de alguno que otro apuro para cubrir el diario.

De modo que buscar la resolución de cualquier conflicto por vías que no sean el enfrentamiento armado, es un síntoma de modernidad. Por eso es saludable que ahora tengan tribuna los diplomáticos, los juristas y no los militares, como aquél patético general peruano que no hace mucho, se creía él mismo, —en movimiento—, un cuadro de Napoleón montando a caballo; que se hacía cargar en hombros por su tropa y que después de varios brindis de honor amenazaba en su grupito de brindantes que iba a despachar a los chilenos muertos, en bolsas de plástico.

Lo malo es que la modernidad, cuando viene de sopetón, coge desubicados a los que de modernos sólo tienen el aire contemporáneo, pero siguen los usos y costumbres de los grandes hacendados/gamonales de la América post virreinal.
Ellos nunca se corrían de la justicia; cada vez que los indios reclamaban algo, los arreaban al juzgado con sus secretarios, curas y jueces; y allí nunca perdían. Así tenemos a uno que apuntaba como moderno y cuando le salió el fallo del tribunal de la Haya, también le brotó la estirpe. Digo, el colombiano Juan Manuel Santos, muy presidente sí, pero también muy señorito, dueño de grandes cafetales y del otro fundo; digo, el periódico colombiano El Tiempo. O sea, hablando en local, lo mismo que si fuera un vástago del fundo nacional llamado diario El Comercio.

Y ya puestos en el terreno de los fundos/periódicos y señoritos/políticos y su pleito en el tribunal de la Haya, no hay mejor oportunidad para viajar al pasado que leer simultáneamente la prensa peruana y chilena. Los dos litigantes no parecen estar asistiendo a un contencioso jurídico, donde una tercera parte va a dirimir un juicio; sino a una mesa de partes donde les van a dar todo lo que piden. Una cosa es que los juristas pongan lo mejor de su oratoria y evidencia factual disponible; y otra muy distinta que la razón les asista por anga y manga y que está todo ya ganado.

La prensa y los políticos de cada país quieren dar la impresión que si el país A ó B “gana” el pleito, los paisanos de A ó B también van a “ganar” lo suyo. Nada más lejano de la realidad. Los países ya no son lo que eran, están ahora en camino de convertirse en corporaciones; y sus paisanos —si les pueden sacar algo de plata— en meros consumidores.

En el caso peruano, pienso que a los paisanos les va a resultar más útil saber no en cuáles coordenadas geográficas se va a trazar una raya imaginaria; sino saber por ejemplo, si los médicos que los tratan no se están inventado enfermedades para cobrar su comisión detrás de la farmacia; si los profesores tienen en mente la capacidad de aprendizaje de los alumnos, o de la comisión que van a ganar por la venta del libro. En suma, saber si pueden tener acceso a una salud y educación públicas de calidad, los únicos pilares que pueden garantizar una mínima victoria colectiva.

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