Oscar y el infinito

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

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En Brasil cuando alguien es muy popular, se le reconoce sólo por su nombre o su apodo. Eso es lo que pasa con los ídolos del futbol; y eso es lo que pasaba con Niemeyer a quien todos, sean arquitectos o no, lo llamaban simplemente Oscar. Luego de iniciar mis estudios de arquitectura en los años ’50, en Río, oía mucho hablar de Oscar, ya era famoso; aún más, por ser el autor de los grandes edificios públicos de Brasilia, todavía en obras. Pero su popularidad rebasaba su oficio de arquitecto; era tremendamente osado, no sólo en sus proyectos, también en cualquier actividad en la que incursionaba; era un vendaval de vitalidad, hasta en sus bromas. En la Facultad comentaban que cuando Oscar todavía era estudiante del Curso de Arquitectura en la antigua Escuela Nacional de Bellas Artes, (según la tradición academicista de beaux-arts), dejó encerrado en un ascensor por varias horas a uno de los retrógrados profesores que despreciaban el arte moderno; casi lo expulsan. Cuando los decimonónicos catedráticos, aíslan y consiguen sacar de la Universidad al maestro Lucio Costa, representante de la innovación y de la modernidad en la arquitectura, Niemeyer, su más dilecto alumno, lo respalda e inician juntos una larga trayectoria de obras junto a Le Corbusier, como la ONU en Nueva York, el Ministerio de Educación en Río, hasta Brasilia. Al final, ellos ganaron, y diseñaron las páginas más brillantes de la historia de la arquitectura brasileña.

Oscar ganó fama nacional con el conjunto arquitectónico de La Pampulha en Belo Horizonte, encargado en los ’40, por el entonces Alcalde Juscelino Kubitschek, o JK, más tarde, Presidente y gestor de Brasilia y del desarrollo del territorio nacional. Ese conjunto, de marcada inspiración corbusiana, significo un hito por la audacia de las formas y contrastes entre superficies planas y curvas, particularmente la pequeña iglesia de San Francisco, con cobertura de bóvedas parabólicas. En la Pampulha, además se dio la fusión entre un brillante innovador del concreto modelado, el ingeniero y poeta Joaquín Cardoso, más tarde calculista de las obras maestras de Brasilia; del muralista y pintor Cándido Portinari, autor de los azulejos de San Francisco; del paisajista Roberto Burle Marx; de los escultores Ceschiatti, Zamoyski y Pedrosa; es decir, una reedición actualizada del Bauhaus en América, bajo la batuta, mejor dicho, el lápiz de Oscar.

Los proyectos de Niemeyer, tienen aquel sello personal que caracterizan las obras de los grandes genios del arte universal. Entre sus características están la levedad de sus edificios, casi en suspensión; las curvas y ondulaciones, que configuran una arquitectura casi sensual, según él: “la curva y la voluptuosidad femenina llevan al infinito”; la racionalidad corbusiana acompañada del encuentro con el paisaje natural, resaltado por los recorridos a través de rampas. Pero, además de un excelente dominio plástico, en sus obras, está siempre presente el uso social; de ahí, la integración entre el edificio y el espacio público. Y no podía ser de otro modo, partiendo de alguien que fue toda su vida consecuente con sus principios y valores sociales, un izquierdista a carta cabal, pero sobre todo un amante de la vida, propia y ajena, un humanista; él decía por ejemplo: “La vida es más importante que la arquitectura”, y también: “La gente tiene que soñar, sino las cosas no suceden”, por eso la Presidente Dilma Rousseff manifestó en sus exequias: “Pocos soñaron tan intensamente e hicieron tantas cosas suceder como él”. Este 15 de diciembre, Niemeyer cumpliría 105 años, ya es eterno; por ello, cuando veo el símbolo de infinito, aquel ocho horizontal, veo a Oscar diseñando.

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