Tarzán, Tarzán, Tarzán…

Amor al chancho Columnas

“Prefiero las crónicas personales”
(“Balo” Sánchez León, mientras cruzamos la plaza de armas)

“Quizá no te leen porque no escribes artículos polémicos”
(Un compañero, mientras revisa religiosamente su Facebook)

Viví años creyendo que se llamaba Tarzán, por eso odié al verdadero, al de las películas en blanco y negro y rostro inexpresivo, como todo deportista. Por ejemplo, cuando el volquete destartalado de la basura pasaba por mi calle y él salía trotando de su casa como un caballo y se refregaba el lomo en los costales, con el ánimo de un poderoso, yo observaba desde la quinta con la frente pegada en una hoja del portón y el corazón bombeando Tarzán, Tarzán, Tarzán…

Tarzán estaba en la calle y yo entendía que después de aquella tarde en que me arrancó un gran pedazo de nariz (fosa izquierda) él y yo no podíamos estar al mismo tiempo en la José Santos Chocano. No era una forma de amenaza sino la mejor manera de prevenir que una vez más modifique mi cuerpo de otra mordida.

Tenía 7 u 8 años y jugábamos en la calle, como Tarzán, había otros perros corriendo por los jardines de Doña Pascuala, las rampas de los Pinto o meando en el bien cuidado pino del tío Manuel. Como yo había otros niños, entre ellos “Vi” con sus ojos marrones y su prematura permanente azabachada similar a la de su madre.

Recuerdo que Tarzán se paró frente al grupo con la cola cimbreante y levantada. Recuerdo que me acerqué por detrás y si no ataqué a traición algo tuve que hacer para despertar la furia del perro. Recuerdo que por esos días toda mi curiosidad era acaparada por una cuestión, por qué los testículos de los adultos eran tan sensibles si yo no sentía nada en cada pelotazo accidental, por qué. Lo menciono como una forma de acercarme a una hipótesis que bien pudo ser o no, lo cierto es que minutos después de haber hecho lo que haya hecho el doctor llamado Jorge, que vivía en la quinta donde yo vivía, me tenía en sus brazos mientras todo el vecindario corría detrás de nosotros, quizá con la certeza de que el hijito de los Segura Caballero se estaba muriendo desangrado… Mientras, en efecto, yo sentía con mucha claridad cómo tragaba “litros y litros” de sangre.

Debo decir que lo peor de sufrir un accidente es la confidencialidad que efectúa la gente que se encuentra cerca al pobre desgraciado, es terrible observarlos moverse alrededor de uno, escucharlos decirte “tranquilo” mientras se persignan y miran al techo que es lo más cercano al cielo dentro del contexto de las desgracias; hasta que llega el doctor o cualquier desconocido al que le susurran algo que podría ser : tenemos que amputársela o no aguantará o traigan una sierra…

Por culpa de ese perro, en el colegio alguien, sólo alguien me decía “nariz chueca” cuando se sentía vulnerado por un mal chiste. Eso me hacía recordar al perro de hocico negro y cuerpo amarillo que por años creí que se llamaba Tarzán y no era así.

También me hacía recordar el barrio donde crecí y comono la misma tarde de la amputación además los días posteriores: Las interminables vacunas contra la rabia, días en que mi madrecita me sacaba con engañifas a comprarme un chupetín para lo cual me ponía bien guapo incluso sin un pedazo de nariz. Si mal no recuerdo tomábamos la Línea 10 hacia el hospital Goyeneche, luego de dar una probadita a la golosina que compraba en la carreta de la puerta me sujetaba fuertemente y no paraba de caminar y yo de llorar, mientras entre lágrimas me acababa el chupetín.

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