Gringas calatas, cangrejos y lagartijas color piedra (crónica de playa II)

Amor al chancho

playa Lomas de Jesus

Esto no se parece nada a las veces que Hernán, Yerry, el finado D´angellito y yo, inflábamos un bote para dos en el muelle de Ilo y remábamos hacia los pelícanos, amontonados en la roca de la Capitanía, hasta que el viento nos botaba contra las nimias peñas de la Montecarlo.

Esto es mejor. Porque ahora Raquel, Carlitos y yo, nos hemos montado en una moto-taxi hindú y hemos partido a conocer playas que nunca antes hubimos de pisar como quien aluniza con la boca abierta y cierta película de sudor en todo el cuerpo.

A las 6 de la mañana el marisquero más sexy entre los marisqueros de Punta de Bombón, Andrecito Torres Garay, rey de la extracción de tolina y señor del desclavamiento de barquillo y lapas, le embroca 30 soles de gasolina al cacharro amarillo de llantas, dizque, radiales.

Calculo que son las 7 cuando pasamos frente a la cruz de Cardones, no me persigno porque no confío en ajenas voluntades para la vida, pero estoy convencido de la gran probabilidad de morir por un simple culatazo de un Nissan-Sunny.

El viento resopla y zarandea la gran cáscara de huevo. Andrés conduce con la mirada fija en el nuevo asfalto que llega hasta Ilo. Viene un bus rojo, la probabilidad de morir, otra vez, se presenta como tal, “y si muero que no duela tanto… aunque pensándolo bien dado que hay un par de cositas que hacer ojalá sobrevivamos”.

La primera playa a la que ingresamos por una pampa adyacente a la carretera es “Corío”, palabra muy mentada entre pescadores y marisqueros. Lo que parece una arena rojiza interminable son los cientos, quizá miles, de cangrejos desnudos como las piedras, que se extiendes por kilómetros.

Es su playa, como lo es para las lagartijas color piedra que se arrastran y saltan por las rocas pecosas. En Corío sólo hay cangrejos, lagartijas, pájaros, rastros de amor y por supuesto marisqueros. Un gran peñón para escalar con cuidado cuando no confesado desde cuya sima se ve buena parte del pacífico y desde donde también se descubre más de un resquicio llenecito de corvinas. Ahí cordelean solitarios los hombres de mar los que se pasan por los huesos el confort de un trabajo seguro.

Desde esa gran cabeza rocosa se presentan como dos hermanas ofrecidas por los dioses las playuelas “chica” y “grande”. Solas, libres y calmas.

Andrés insiste en que aún no hemos visto nada. Yo creo que con lo visto ya nos puede embestir frontalmente un Ormeño Royal Class, pero Andrés insiste. Así llegamos a las “Lomas de Jesús”, una playa donde según su verbo -antes acá las gringas se bañaban calatitas sin temor a nada- Es palabra de marisquero.
Más allá, pasando una loma en forma de lagarto, ya en Moquegua, está “Yerba Buena”, una playa oculta a la que se llega atravesando higuerales, granados, cabras amigables, perros mansos y caballos. No hay comerciantes ni bañistas, mucho menos locales nocturnos ni letreros de Donófrio. Solo una colina en parte pedregosa rematada por una poza verde y clara que no sabe de olas chancadoras pero sí de algas finas que abren el apetito.

Nos acompañan dos perros anfitriones, Carlitos lleva una bolsa de brevas jugosas que nadie hace caso y caen de maduras. Es inevitable darse un chapuzón, es inevitable pensar en Darwin y otra vez zambullirse, tan inevitable que Andrés se introduce en calzoncillos blancos y por una vez en su vida se olvida del bendito marisco para salvar el día, sólo cierra los ojos y desaparece bajo la leve cresta del tumbo… -Qué más querrá- dicen por ahí.

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