SALDO EN ROJO FURIOSO

La columna

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Aunque nadie lo dice, todos los políticos y aspirantes están pensando (y actuando en función de) las elecciones del 2014. Pero el reciente desastre parlamentario ha cambiado el panorama local, de cuyo podio han sido barridos los actuales congresistas (todos).

Los sueños de opio de los eternos aspirantes para el 2014 incluyen, en primer lugar, la presidencia regional y el municipio provincial –si no como figuras principales, sí como posibles integrantes de una de esas mesas alargadas donde se sientan los consejeros o regidores y reciben, a cambio de decir algunas ocurrencias, jugosas “dietas” que compensan largamente el sueldo de cualquier otro trabajador o funcionario que sí debe cumplir una jornada completa y estar sujeto a evaluación.

El panorama local –sin embargo- ha sido remecido por lo ocurrido en el Congreso, debido a que el espacio político que ocupaban los parlamentarios está –en este momento- vacío. Pero tal vez, hasta ahora, los protagonistas de este bochorno no logran aquilatar la magnitud de su caída en el imaginario del electorado. Uno de los más grotescos actos de suicidio político del que hemos sido testigos en nuestros pocos años de ciudadanía, habría ocurrido sin que los muertos asuman que lo están.

La mala jugada de los congresistas, que en verdad sólo los puso en evidencia, ha pasado una cuantiosa factura que se reflejará –precisamente- en la próxima elección parlamentaria donde estoy segura ninguno de los actuales representantes locales será reelecto. Ninguno.

La creciente“antipopularidad” congresal se ha reflejado también –recientemente- en la subida de aprobación de la gestión del presidente Ollanta Humala cuyo único mérito en este desaguisado ha sido ponerse de costado y dejar que el huayco pase, sin mancharse, cuando bien pudo instruir a su propia bancada a no cometer las sucesivas torpezas que los han llevado a donde están.

Y como ya se ha dicho antes, la imagen de estas personas es lo de menos. Lo verdaderamente penoso es que, consigo, arrastran la imagen institucional de uno de los poderes del Estado democrático, tal vez el más importante en cuanto a representación, a un callejón sin salida en el que revertir el escepticismo de los ciudadanos respecto a su utilidad y necesidad será muy difícil. En esto momento, casi imposible.

Con ello, el sistema democrático en el Perú ha sufrido un daño irreparable. Gran responsabilidad que recae sobre un grupo bastante insignificante de personas que, incapaces de generar resultados beneficiosos en su labor pudieron, en menos de un mes, demoler la imagen congresal.

Retomando las candidaturas locales, y descartada toda figura relacionada con el Congreso acutal, los nombres que se barajan son cada vez menos numerosos, aunque muy conocidos por su reiterada aparición. Que no haya rostros nuevos y jóvenes no es, sin embargo, un mal local, sino universal. Con todos sus actos, la clase política no hace sino acelerar ese proceso en el que los partidos políticos y las organizaciones colectivas de ese tipo, así como las componendas bajo las cuales operan, se extinguirán por completo.

Lo que deberíamos estarnos preguntando ahora es cómo será en el futuro ese nuevo sistema de representación, de gobierno y de distribución del poder que, además de ser eficiente, goce de legitimidad y credibilidad, algo que en la actualidad es casi una utopía.

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