Yo sí creo en brujas

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

chamanes

Yo no creo en brujas, pero que las hay, las hay. Frase coloquial, muy común, que refleja la inseguridad por los acontecimientos futuros. La presencia de las brujas o brujos es tan fuerte en la tradición de todos los pueblos y en todas las épocas que, por ejemplo, Macbeth, el drama de pasión y muerte de Shakespeare, gira en torno a la profecía de tres brujas, las “Hermanas Fatídicas”, y refleja precisamente la ambición y la inseguridad por el poder. El oficio de la brujería, casi siempre, ha tenido como sustento las creencias religiosas, de uno u otro credo; y si entendemos la brujería como la facultad de poseer poderes espirituales para obtener resultados materiales o espirituales en las personas o en el medio físico y social, debemos admitir que los sacerdotes o sacerdotisas, de alguna manera, ejercen también, aunque con mesura, este oficio. Si no, veamos: no hay evento que se parezca más a los conjuros de los hechiceros que el ritual de una misa católica, donde se habla de sacrificio divino, y se ofrenda el cuerpo y la sangre de Cristo. Entonces, ¿por qué la Santa Inquisición quemó tantas mujeres, acusándolas de pacto con el demonio?, ¿Por qué se quemó a Juana de Arco, acusándola de herejía, para después declararla santa? Es evidente que estos crímenes fueron promovidos por los jerarcas de la Iglesia Católica, motivados por los intereses del poder político y religioso, e incluso por los celos de muchos clérigos machistas, temerosos de perder crédito ante los parroquianos, a quienes siempre reclamaron incondicionalidad, tal como pretende hoy el Cardenal Cipriani.

Precisamente por ello, Arthur Miller escribió, en 1952, la obra de teatro: “Las Brujas de Salem”, haciendo una alegoría del macartismo en la década del ’50, del que fue víctima, pues se le acusaba de tener vínculos con el Partido Comunista ante la Comisión de Actividades Antiamericanas, se le confiscó el pasaporte y estuvo a punto de ingresar a la cárcel. La obra se inspiró en un hecho del S. XVII, en Massachusetts, en que la histeria religiosa y puritana llevó a acusar de brujería a más de 150 personas, y a condenar a muerte a 25, en su mayoría, mujeres. De ahí viene entonces la expresión:”cacería de brujas”, para toda actitud de censura y de intolerancia, ejercida desde el poder.

Generalmente se asocia a la brujería con el maleficio, por eso se nos infundió temor a las brujas, brujos o chamanes desde que éramos niños; y en muchos cuentos infantiles está presente y al acecho, la imagen tenebrosa de una bruja “malvada”. Pero también es frecuente en estas historias pastoriles la bruja “buena”, que viene a ser el hada madrina. Muchas historias de amor están entretejidas con brujería y hechizos, e incluso se compuso obras musicales con este tema, como “El amor brujo”, ballet de Manuel de Falla, que narra la desdicha de una gitana, a quien se le aparece el espectro de su antiguo y celoso amante, para perturbarla con su nuevo amor. Un caso contrario es el de “Doña Flor y sus dos maridos”, la novela de Jorge Amado, donde Doña Flor recibe el consuelo amatorio del espíritu de su primer marido, un mujeriego y apasionado amante, que fallece por exceso de juerga en un carnaval. Decimos consuelo, pues el segundo marido era lo apuesto al primero, un hombre formal, responsable, que le brinda seguridad a Doña Flor, pero extremadamente aburrido, principalmente en la cama.

El oficio de las brujas o brujos, es muy complejo y requiere un largo periodo de preparación en los misterios de la hechicería; generalmente, estos conocimientos se trasmiten de madres a hijas, o a hijos; por ello, hay lugares donde establecen sus dominios, y llegan a formar comunidades tradicionales. Es el caso de Huancarqui en nuestra Región, o del pueblo de Salas en Lambayeque, o Huancabamba, en Piura, donde están los curanderos de las Huaringas. Unas tías solteronas y muy piadosas me advertían que si iba por Huaranguillo o por Huancarqui, no debería aceptar nada de las parroquianas del lugar pues podrían hechizarme con chamico y quedar prendado de alguna moza, que equivale a ser cazado por brujas; y si no aceptaba sus requerimientos, me podían hacer “daño”, es decir, mancharme la piel con vitiligo. Eso es parte del imaginario popular. La iglesia católica prohíbe a sus fieles acudir a las curanderas y chamanes, e incluso, no admite el sortilegio, es decir, la lectura del futuro; para ella, los únicos videntes son los profetas. Pero, por más prohibición y censura que se haga de la hechicería, la gente seguirá buscando el apoyo de estos oficiantes y sus conjuros. Es verdad que abundan los charlatanes en este medio, pero hay muchísimos maestros y maestras, si se puede llamarlos así, que son serios y de verdad tienen una fuerza especial. Ellos, ya son parte del patrimonio cultural inmaterial de nuestro pueblo.

La verdad, yo todavía tengo la esperanza de hacer un “viaje”, tal vez con ayahuasca, conducido por un chamán amazónico. Pero lo máximo que pude acercarme a este mundo mágico es a través del candomblé, la religión afro brasileña, en Salvador de Bahía, por intermedio de un querido amigo, sumo sacerdote, o “pai de santo”, que me permitió asistir a una ceremonia “cerrada”, sólo para iniciados, de culto a los Orixás, donde fui testigo de los más increíbles fenómenos paranormales en medio del ritmo de los atabaques. Al son de los cánticos y las palmas, los oficiantes ataviados con trajes llamativos y con máscaras ponen en escena alegorías a las cualidades y roles que tiene cada divinidad dando saltos acrobáticos y con voces guturales de presencia espiritista durante toda la noche; de tanto en tanto una mujer, generalmente joven, entra en trance y cae al suelo en medio de convulsiones; los auxiliares la retiran a una habitación contigua para que se reponga; de improviso, se produce el ingreso intempestivo al terreiro, o templo, de un ser, cubierto por un manto negro, en levitación y a buena altura; los auxiliares lo expulsan con unas ramas de un árbol sagrado. Por supuesto, que estos sucesos extraordinarios, me escarapelaron el cuerpo, pero al mismo tiempo, en la madrugada cuando termina la prolongada ceremonia, sentí una enorme paz conmigo mismo. Tiempo después, cuando me despedí de mi amigo y maestro para volver al Perú, él me puso bajo la protección de Osanyin, y creo que este “santo” me ha apoyado cuando lo he invocado.

En efecto, varias veces he hecho mis despachos, generalmente en la bifurcación de caminos. Hace poco, una amiga me dijo si yo era brujo, pues un sueño mío coincidió con un hecho real. Y por eso, muchas veces me pregunto, ¿cómo yo, que me considero un ateo sin remisión puedo creer en brujería? No tengo respuesta, creo que hay fenómenos que suceden y todavía no los conocemos. Así que tengo que creer en brujas, pues, sin proponérmelo, creo que también soy parte del gremio.

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