VOLVERLO A VER

La columna

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Las escenas que hemos visto el pasado fin de semana no son nuevas para nadie con uso de razón en Arequipa. Se repiten, invariablemente, cada vez que llueve con intensidad. Y lo que realmente hastía es escuchar, una y otra vez, los mismos lamentos, las mismas críticas y las mismas evasiones de responsabilidad cuando lo real que TODOS SOMOS un poco RESPONSABLES.

En primer lugar, por supuesto, las autoridades. Y no por no poder gobernar a la naturaleza, sino por haber abdicado de su responsabilidad de prever y priorizar las obras de infraestructura, esperando ser financiados por las mineras y por el gobierno central, guardando sus recursos para sus planes demagógicos, cuando no “cutreros”. Ya ha dejado de ser chiste el dicho que el alcalde de Arequipa es, en realidad, la Asociación Civil Cerro Verde, que no solo manipula los fondos en función de sus intereses (el directorio está dominado por la minera), sino que tampoco es el paradigma de la eficiencia.

Pero además, y quizás más importante, no ordenan la expansión urbana de la ciudad porque están hipotecados electoralmente a los dirigentes populares que tienen la base de su poder de convocatoria en su capacidad de organizar invasiones y darle a los necesitados “a la prepo”, terrenos y servicios, sustituyendo al Estado y a los propios gobiernos municipales que no han sido capaces de gestionar una ciudad por ineficiencia y corrupción.

Los “cargadores” de Juan Manuel Guillén, por ejemplo, son todos invasores de terrenos y dirigentes que coaccionan a sus afiliados y los utilizan para fines políticos los que canjean luego “por obras”, que favorecen a unos cuantos y casi siempre contradicen los planes técnicos para un crecimiento ordenado de la ciudad. Increíblemente, ahora ellos son “cogobernantes” en el ente regional. Y en el caso del municipio provincial y distritales ocurre, en mayor o menor medida, que existen compromisos electorales con grupos que operan igual que estos conocidos dirigentes.

Eso explica claramente como, año tras año, las mismas torrenteras son invadidas por el agua causando tragedias. Y no sólo en los asentamientos humanos más alejados, sino en la avenida Venezuela y El Palomar donde hemos visto la misma escena muchas veces, al punto que me resulta familiar.
Por otro lado, somos responsables los ciudadanos. De alguna manera la torrentera está asociada a la informalidad: en la ubicación de mercados y mercadillos, en la edificación de viviendas sin respetar normas, en avanzar a invadir ilegalmente, en utilizarlas como escondite para la delincuencia y el escenario “natural” para la venta de artículos robados. Y quienes insisten en vivir allí ignoran deliberadamente la tragedia anunciada.

Y por último los electores, quienes siguen priorizando sus intereses y expectativas personales, muchas veces asociadas a esa misma informalidad e ilegalidad, a la hora de emitir un voto, cualquier cosa, menos responsable. Solo de esa manera se puede explicar que los miles de taxistas informales estuvieran a punto de ungir como alcalde al candidato Álvaro Moscoso, gracias a lo cual Alfredo Zegarra recibió votos sin convicción.

Una ciudad y la cara que presenta no es hechura únicamente de sus autoridades. Cada ciudadano aporta su parte cuando tira -o deja de hacerlo- basura a una torrentera, cuando actúa de buena fe, cuando renuncia a formar parte de mafias cuyo propósito en evadir la ley para obtener provecho propio, y cuando es indiferente a la política, no aporta al debate; y, sobretodo, cuando elige a sus autoridades con desinterés e irresponsabilidad.

Por todo eso, sucede lo que sucede. No son maldiciones sobrenaturales, son resultado de nuestra propia elección.

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