Nadine no debe (IV)

Sobre el volcán

Centrémonos en el razonamiento de algunas altas autoridades  que señalan con desparpajo que, como la Constitución no dice que Nadine no puede postular,  entonces puede postular.  Eso es, sin embargo,  aplicar legalista e impertinentemente la  lógica formal, la lógica clásica de Aristóteles,  al Derecho, que tiene su propia lógica fundada en valores modernos, republicanos o democráticos: la lógica jurídica moderna.

  Es una lógica distinta a la meramente formal,  le llaman  lógica de la argumentación, lógica de lo razonable, etc.  Hay que argumentar y convencer, no sólo persuadir.  No tiene que ver con identidad,  no contradicción, ni tercio excluido, sino con resolver un problema de derecho lo más inteligentemente posible, aplicando los valores constitucionales, republicanos y democráticos.

Para  entender la diferencia entre esas lógicas (jurídica y formal)  se cuenta a los cachimbos  “el caso del oso” de Luis Diez Picazo: que habiendo un letrero normativo en los pasadizos de una estación de tren, que prohibía subir con perros a los vagones  de pasajeros, intentó entrar a ellos un aldeano con su hambrienta mascota de tres metros y medio, un oso.  Con  irrefutable lógica sostuvo que,  como el letrero no prohibía el ingreso de osos, por más sangrientos  y glotones que sean, sino de perros,  entonces él estaba legalmente habilitado para ingresar con su  horrible y gigantesco engreído,  a los vagones  llenos de damas y niños.

 La lógica jurídica puede decir con derecho que si alguien quiere ingresar con un tigre salvaje a un recinto, con el argumento que sólo se prohíbe ingresar a él expresamente con  perros, ese razonamiento es estúpido, simplemente. Aplicando su propia lógica, la de lo razonable, el derecho puede decir que no hay que limitarse a la pura lectura literal de la norma, si vale la redundancia, pegarse a la pura letra. Hay que ir a la interpretación. Hay que crear  sentido. Eso es interpretar.

 Eso lleva al  fin,   a la razón de ser de la norma. Lo que la lleva a  prohibir  el ingreso de perros, pero, en realidad, de todo lo que pueda impedir un buen servicio de transporte, lo diga o no la norma y aunque la letra  sólo hable de perros: ese fin es la seguridad y confort de los pasajeros, como dicen los comerciales. El espíritu no la letra, aunque se exprese a través de ella.  Ese es el fin y eso es lo que interesa en este caso. No confundirlo con el medio.  El medio, no el fin,  es impedir que puedan subir todo tipo de alimañas.  Y si no puede entrar un perro por más “chaghualla” o “pekines” que sea, con mayor razón  (“ a fortiori”)  se deberá impedir el ingreso de una serpiente cascabel o un cocodrilo estresado. Sin alusiones. Lo que importa en esta lógica son los fines que se persiguen, así de simple.    Aquí entran en juego la equidad y la recta razón, la aplicación creativa de principios jurídicos, en medio de un mar de normas.

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