Odiar la política

La columna

foto la columna 6 marEs curioso que, mientras más aversión -se dice- genera la política local a la ciudadanía, horrorizada por los abundantes signos de podredumbre en este ámbito, más presentes se hagan en nuestra vida cotidiana hechos eminentemente políticos como el caso de la revocatoria del mandato de la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, que se votará en 10 días.

Y aunque este hecho es muy poco significativo para el resto del país, la centralización informativa decreta que sea un asunto omnipresente en la agenda diaria, y así se hace. Todo el Perú conoce a “Marco Turbio”, incluso a los regidores villaranistas, pero no tienen ni idea quiénes son sus propios regidores y, si en su propia jurisdicción, se llevará a cabo o no un proceso de revocatoria similar.

Este hecho podría ser una oportunidad para conseguir una mayor participación ciudadana en los procesos políticos, para generar espacios de discusión debate y formación de opinión pública, más informada y menos polarizada, más racional y menos visceral. Pero por lo visto hasta el momento, han primado las mentiras, los insultos, la descalificación y la imposibilidad de diálogo, saliendo a flote algunos de los lastres que impiden la formación de un colectivo nacional, como el racismo y la discriminación. ¿Qué están aprendiendo los ciudadanos jóvenes o los recién incorporados al sistema?

Lo que nos lleva al punto de partida de los males nacionales relacionados con el poder: la ausencia de partidos políticos que, a través de su propia solidez, pudieran construir un sistema político que contenga y de sentido al régimen de democracia representativa y la vigencia de libertades individuales que, a su vez, contengan a los ciudadanos que dan vida y personifican la nación.

Como todos sabemos, este mal se origina junto a la caótica creación de un estado peruano e incluso antes. Y el círculo vicioso se viene reproduciendo infinitamente, sin que algo o alguien pueda romper este ciclo pernicioso. Así, el indiscutido pensador y político, Manuel Gonzáles Prada, ya en 1898, se lamentaba de esta característica idiosincrática, señalando: “¿Qué fueron por lo general nuestros partidos en los últimos años? Sindicatos de ambiciones malsanas, clubs eleccionarios o sociedades mercantiles. ¡Qué nuestros caudillos? Agentes de las grandes sociedades financieras, paisanos astutos que hicieron de la política una faena lucrativo o soldados impulsivos que vieron en la presidencia de la República el último grado de la carrera militar.”

Suena tan familiar al cabo de más de un siglo que resulta espeluznante, desde el hecho poco analizado que el actual presidente de la Republica provenga del ámbito militar y se comporte bajo esa lógica en muchos de sus actos de gobierno. Su discurso sobre una Gran Transformación de carácter social a través de reformas políticas, quedó en el olvido y se mantienen estas últimas sólo en función de los réditos necesarios para sostener su figura y la de su régimen de gobierno.

Volviendo a las odiosas comparaciones, constatamos cuán poco hemos avanzado en la ruta democrática al comprobar, otra vez a través de Gonzáles Prada, que estamos como hace un siglo, cuando él señalaba, al fundar su partido Unión Nacional, que podía condensar su programa en la siguiente frase: evolucionar en el sentido de la más amplia libertad del individuo, prefiriendo las reformas sociales a las transformaciones políticas. “¿De qué nos sirve la instrucción gratuita si carecemos de escuelas? ¿De qué la ley de imprenta si no sabemos ni leer? De qué el derecho de sufragio si no podemos ejercerle conscientemente? ¿De qué la libertad de industria si no poseemos capitales, crédito, ni una vara de tierra que romper con el arado?” se preguntaba al cuestionar el carácter demagógico y engañoso de estas declaraciones.

Entonces cabría preguntarnos ahora ¿de qué nos sirven las altas cifras de crecimiento económico, si seguimos moviéndonos en los niveles más chatos y viles de la corrección política?

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