El caso Fefer

El regreso

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Uno de los casos judiciales más mediáticos de los últimos años ha sido, sin duda, el asesinato de la empresaria Myriam Fefer Salleres, cuyas aristas y especulaciones fueron de dominio público gracias a la exagerada dosis de morbo que le puso la prensa amarilla para beneplácito de sus bolsillos. Es posible que sin ello, la hija Eva Bracamonte Fefer no hubiera sido condenada a 30 años de prisión, pues los medios contaron cada historia, rebuscaron cada dato y la juzgaron a partir de lo que el hermano repleto de odio vomitó sistemáticamente en todos los canales de televisión y en casi todos los periódicos.

Recuerdo claramente un informe de un canal de televisión en un programa dominical, donde una reportera “demuestra” que detrás del asesinato estaba la brujería y la mafia sionista, por una presunta deuda. O sea, cualquier cosa.

Las pruebas no contaron, lo que valió fue lo que la prensa dijo; hoy se sabe que hay una escasez de hechos probatorios, mucha especulación y una inconsistencia flagrante que deja el caso en la bruma total y la sensación que se condenó a una inocente basados solamente en dos llamadas telefónicas sin contestar que entraron al celular de Eva en la madrugada del 15 de agosto del 2006 y que según los magistrados, “eran las llamadas del asesino Alejandro Trujillo Ospina, para comunicarle que el trabajo había sido llevado a cabo”. Nunca se sometió a una pericia para determinar si las llamadas entraron al buzón porque el celular estaba apagado o no; simplemente se dio por hecho que sí y con esa sola prueba se le condenó.

Hoy la Corte Suprema evalúa el voluminoso expediente en busca de pruebas concretas y todo parece indicar que el caso volvería a fojas cero o el archivamiento definitivo, que a la luz de los actuados, sería lo más justo.

Pero más allá del caso en sí mismo, nuevamente la prensa juega un papel determinante en este tipo de casos que reúnen todos los ingredientes para ser canibalizados al extremo en busca de rating y de portadas sangrientas para los periódicos y el debate quizá deba ir hacia el campo de la responsabilidad de la prensa, la ética y la manoseada objetividad.

¿Hasta cuándo tenemos que aceptar que cierta prensa irresponsable determine la agenda política, económica (cuando sus intereses son tocados) y judicial cuando se trata de casos vendedores, sin importarles si los involucrados son víctimas de sus especulaciones? Dependerá de nuestro poder desde el control remoto o desde la compra de ese tipo de prensa.

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