Ese hombre de bigote entrecano y pelos blancos jugando ajedrez

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ruiz rosas

Ese hombre de bigote entrecano y pelos blancos, abrigado con una bufanda arrugada y un saco de algodón, recostado en un sillón de mimbre que mueve el caballo de un ajedrez de cerámica contando cuatro cuadrados hasta formar una “ele”, es el mismo hombre, sentado en una silla de ruedas, en un salón protocolar de la capital del país, recibiendo honores por orden de varios ministros de Estado. Dos imágenes distintas de un autor que escribió por placer y con la misma entrega caudalosa de palabras al servicio de poemas insólitos que alumbran la mente humana. Se llama José Ruiz Rosas y es uno de los escritores a quien más debe la cultura peruana.

Era setiembre de 2009, y el hombre de bigote entrecano y pelos blancos ensayaba a solas jugadas de ajedrez en un tablero, en medio de un corredor. Estaba sentado con la cabeza hacia abajo, soportando los cabellos enmarañados sobre la frente y  la mirada clavada en las piezas, acurrucado en una ruana esperando que los rayos del sol se colaran por las ventanas.

–Pepe, vienen a buscarte para la sesión de fotos–, dijo su esposa Teresa, parada en el umbral del corredor. Entonces, como si tratara de aterrizar en el mundo, el poeta levantó la vista tapada por la melena, buscó a tientas el bastón y retiró el tablero.

–¿Son organizadores de la Feria Internacional del Libro?–, interrogó parándose.

–Sí, somos nosotros – respondió el fotógrafo Carlos Subia desenfundando una cámara de un bolso.

Fue a cambiarse. Mientras su Teresa lo desvestía y vestía como un muñeco dentro de su  habitación, deshojando su frágil humanidad, el poeta dictaba un número locación domésticas para hacer las fotografías. “El patio, la cocina, junto a los libros, en la sala o en la puerta de la casa”, proponía con una voz que se filtraba hasta el corredor. “Hazlo donde quieras”, reclamó Teresa mientras lo ayudaba a salir. Y allí estaba otra vez el hombre de bigote entrecano y pelos blancos inundado de pánico por el acoso un par de foráneo, casi batallando para mantenerse sereno. Sus manos pálidas, tejidas por varias hebras de nervios, se apoyaban sobre la curvatura de un bastón marrón.

Carraspeaba un gargajo de flema y se oía una musiquilla quejumbrosa desde sus bronquios congestionados. No sabía hacia dónde ir. Respaldo en el bastón, solo atinó a sentarse nuevamente sobre el sillón de mimbre para seguir ensayando las jugadas de ajedrez.

–¿Quiere jugar conmigo?–, me ofreció al ver que Teresa se retiraba del corredor. Acepté.

Mientras se piezas del juego se armaban, Carlos Subia desaparecía de la vista y dejaba como huella el sonido demencial de las tomas disparadas. La partida comenzó y tenía los atisbos de una cita caníbal. El poeta armaba una defensa con los  peones delanteros del rey y la reina, y demolía el paso de los alfiles rivales al paso de los caballos. Se apoyaba en la torres para contener el avance de la reina contraria y ganaba terreno en el adormitado avance de los peones laterales. En nueve jugadas aproximadamente exclamó: “¡Jaque Mate!”

–Veo que usted no es un jugador muy aplicado–, me susurró con una sonrisa socarrona. Y prosiguió con su inocente burla: “Vamos a jugar una nueva”.

Carlos Subia resplandecía el ambiente con el flash de la cámara y el poeta retornaba a la despiadada carga. Sus movidas rápidas y sigilosamente pensadas –o ensayadas– destruían la entrada de las piezas contrarias y demolían las jugadas preparadas. El fervor por el ajedrez en el poeta José Ruiz Rosas se desbordaba y sus movimientos de su juego parafraseaban a César Vallejo: serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la muerte”. Al final del encuentro cabía en su mirada gravitaba el Gambito de Rey de Rodolfo Hinostroza.

El poeta había ganado nuevamente la partida y acariciaba el tablero de ajedrez. Trataba de reubicar las piezas para un nuevo juego, pero algo distrajo.

–¿Son organizadores de la Feria Internacional del Libro?–, volvió a interrogar.

–Sí–, respondí arrastrando un alfil negro.

El poeta iba ser homenajeado en la Feria Internacional del Libro. Por aquellos días la organización solo afinaba los detalles milimétricos del suceso descomunal.  Sin embargo, al hombre de bigote entrecano y pelos blancos, sentado frente al tablero de ajedrez, no le inquietaba la idea de un homenaje ni el ajuste de cuentas con su propia historia. Solo trataba de reencontrarse con su propia historia.

Entonces, empuñó el bastón y caminó, como adivinando el trayecto, hacia un estante atestado de libros. De regreso portaba consigo un texto de tapa azul. Sacó todas las piezas ajedrez y lo lanzó sobre el tablero. El poeta traía un poemario en alemán y español.

–Es mi antología. La presentaran el día de mi homenaje–, afirmó mirando el lomo del texto, pensando que el libro fungiría de escudo aquél día ante el asedio de los amigos, la prensa, los organizadores, la familia, los amigos de los amigos y los curiosos.

En efecto, sobre el tablero reposaba El viento donde tus qués exclamas 1950 –2009 / Der Wind, der dein Staunen trägt 1950 –2009. El libro estaba dedicado a su esposa Teresa Cateriano “y a toda nuestra descendencia”. Era un hito testimonial. En sus interiores guardaba Tienda de Ultramarinos, Taller de Poesía, Urbe, Navega Poesía, Inventario Permanente, Elogio de la Danza y otros versos que le valieron el máximo galardón de un reputado premio otorgado por la Universidad Autónoma de México en 1979. El texto fue editado y publicado en Alemania.

Sacó un lapicero negro del bolsillo del pantalón y lo dedicó sin levantar la apunta, a riesgo de la ilegibilidad: Para Efraín Rodríguez, en el mismo tablero de ajedrez, Pepe. Cerró la tapa y rearmó las piezas para una nueva partida.

–¿Quiere jugar conmigo?–, preguntó con una sonrisita cómplice.

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