La increíble historia del Doctor Negrón

Amor al chancho J. Segura

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Una veta de sangre en el pozo del wáter anunció la ruptura de la fuente. Eran las cuatro de la tarde en el pueblo de Checacupe. Había dejado de llover pero Mery Aleja, que en realidad hubiera preferido llamarse Margiana, sentía que un centellón revoloteaba en su vientre. Se trataba de su primer hijo, ya en camino, mejor dicho, a punto de pisarlo, lo cual dejaba a la primeriza un estrecho margen de tiempo para prepararse ante el inminente alumbramiento.

Es diciembre de 1980, Checacupe es un pueblo en la provincia de Canchis, departamento de Cusco, donde por entonces, algunos pobladores creían que los afrodescendientes eran personas que habían sufrido una terrible chamuscada. Es un pueblo atrasado y de escasos servicios, con comisaría y posta, eso sí, pero sin doctores ni ambulancia. El único responsable al frente es Pepe, a quien por entonces llamaban “El sanitario”, un brusco empírico que con la técnica del rodillazo descendente hubo de ayudar en el alumbramiento de más de una (en casos como este, la palabra ayuda se convierte en una voz ambigua, muy ambigua, traumáticamente ambigua).

“Yo sentía una bola por las costillas” recuerda Mery Aleja, pensó también que algo andaba mal a pesar que el sanitario le dijo que la bola, es decir la cabeza del niño, ya bajaría. Pero eso no sucedía.

Sin embargo Pepe, no era el único que asistía partos. Aquella tarde también estuvo presente doña Mauricia, la única parturienta de conocido éxito –relativo éxito conocido- de quien se decía, sanaba heridas, recomponía fracturas expuestas y curaba extrañas enfermedades, pero sobre todo, como experta comadrona, traía a los niños DE PIE.

65 partos podálicos en su haber, fueron suficiente capital para comprar la fe de todo un pueblo, menos la de Mery Aleja quien se resistió a la mágica destreza de la comadrona pero tanto más al rodillazo descendiente del sanitario Pepe, por lo que abandonó la casa y siguió el camino empedrado rumbo a la plaza, en busca de un camión que la llevara hasta Sicuani, a 45 minutos de viaje, sin saber que, por las características, todo indicaba que su hijo nacería de pie.

Con un poncho y unas pantuflas, la espera de Mery Aleja se alargó ahondando su incertidumbre y convirtiendo a la mujer en un manojo de nervios y pujos, llanto y dramáticos pensamientos; es que por ahí los camiones eran noticia de rara frecuencia, casi una novedad. Su desesperación se exteriorizó de modo tal que pronto los policías arrimaron el hombro. Tumbaron un colchón en el piso de la comisaría y arroparon a la primeriza con una frazada.

En tanto, doña Mauricia trataba de convencerla de alumbrar ahí mismo con el mismo vigor con el que  el sanitario aseguraba que la escena no comportaba mayor preocupación ya que se trataba de un parto más. Estaba equivocado.

“tu hijo va a nacer de pie… si te vas, la wawa se viene en San Pablo” dijo la comadrona, asida a su inseparable maletín de médico y sin dejar que la bola de coca se moviera de su boca o le dificultara el habla.

Pero Mery Aleja, siente la cabeza del niño ascender con firmeza por su pecho, apretando sus costillas. El sanitario no tenía un plan, la enfermera empezaba a creer en las predicciones de la comadrona pero a su vez se le ocurría que aquello se perfilaba como otro caso idóneo para aplicar la cavernaria técnica del rodillazo descendente: mucha fuerza, poca concentración.

Había comenzado a oscurecer cuando las providenciales luces de un camión de la empresa “San Cristóbal” irrumpieron en la plaza de Checacupe. “El loco”, como así llamaban al chofer, se detuvo porque los policías lo obligaron. Mery Aleja se acomodó en el asiento del copiloto. Al ver su sobresaliente panza, a pesar del poncho, el loco taconeó el pedal de aceleración hasta Sicuani. Cristina, la madre de Mery Aleja, Salomé, su hermana, el sanitario y la enfermera, creyeron que durante el viaje solo los pujos de la primeriza los turbarían y moverían a tratar vanamente de amainar el enrevesado momento. Estaban equivocados.

El latón con ruedas estaba preñado de muchos pobladores que tenían como destino pueblos que precedían a Sicuani, sin embargo el loco no paró porque había entendido que aquel 29 de diciembre la consigna era llegar o morir. Y precisamente cuando muchos pensaban que una u otra cosa ocurriría, Cristina gritó: ¡Pepe, la tripa de mi hija se ha salido!

Una pieza húmeda y viscosa asomó por la vagina de Mery Aleja, que contendía sin tener certeza de nada. Cristina cogió con cuidado lo que pensó sería la entraña de su hija, salida de tanto pujo y pujo. Sin embargo, en cuestión de segundos, el sanitario descubrió que aquella supuesta tripa no era más que la pierna derecha del niño, que entraba en cada respiro y volvía a aparecer a la vuelta del pujo.

Tal como dijo la comadrona, el niño empezó a salir en San Pablo. Cristina tomó la diminuta pierna de su nieto como una pieza de cristalería mientras el loco templaba el zapato sobre el acelerador y las latas del camión chirriaban como una tiza sobre el pizarrón. El viento entraba por las ventanas averiadas cacheteando los rostros de los pasajeros que no se inmutaron con el frío.

Todos los tripulantes mordían sus ropas cuando a las siete de la noche el camión ingresó a Sicuani, era llegar o morir, todos lo sabían, también el loco por lo que metros antes de pasar por la comisaría, quitó medio cuerpo del armatoste con ruedas y al tiempo que tocaba la bocina gritó  -¡emergencia, estoy llevando una emergencia!-

El niño fue sacado con fórceps en el hospital de Sicuani, era pequeño y, como alguna vez contó su padre, del color de un teléfono antiguo (vieja historia), quizá por eso la abuela lo llamó “Doctor Negrón”.

No lloró con el primer ni segundo ni tercer golpe, por la aventura que precedió a su alumbramiento, quizá para algunos habría sido lógico pensar que el niño podría haber llegado muerto. Sin embargo los doctores lograron sacarle el líquido que había tragado y por fin gritó. Era la noche del 29 de diciembre de 1980.

El que se llevó los honores fue el sanitario Pepe, el del rodillazo descendente, un convidado de piedra que se encargó de contar la historia completa que, desde luego, no es la que están leyendo, como si él fuera todos los personajes. Aún así, fue quien encabezó el brindis por la vida, la providencia o la suerte, con una botella de champán barato que Cristina mandó comprar.  En otro ambiente del hospital las enfermeras sacaban los últimos restos de placenta del cuerpo de Mery Aleja, feliz de haber alumbrado a su primer hijo sin necesidad del rodillazo descendente en una comisaría o a mitad de camino.

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