Para cuando me busquen, estaré en Katmandú

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He vuelto a ser citado por la policía. Delito: Fabricación de un DNI falso. Participación en la falta: Testigo. Era la segunda semana de enero y la investigación periodística –para un medio nacional donde laboraba– consistía en conseguir tal documento con nuevos datos –pero con la misma cara–. Entre los demás medios circulaba –hasta el hartazgo– la doble identidad de Max Barrios Padro –o Juan Carlos Espinoza Mercado–, el futbolista de 25 años que decía tener 17.

Si Max Barrios Padro podía ser Juan Carlos Espinoza Mercado o viceversa, porque yo no podría ser Esteban García Salcedo. El DNI se hizo –o me lo mandé hacer– con esos nombres. Cuando lo conseguí la acartonada quietud de la redacción del periódico estalló –por unos segundos– en un acosador júbilo. “Buena Esteban”, decían para seguir cambiándome de identidad –como lo hace la gente conmigo desde hace 25 años (Pinky, Fonseca, etc). Hay que chocar con estas mafias, qué tales pendejos. Es un DNI, no un título universitario, decían los editores.

La nota se publicó un 3 de febrero. La reacción: chongo generalizado en la Reniec, en la Policía, Fiscalía y en la Procuradoría. Las llamadas de atención desde las capitalinas jefaturas llegaban hacia estas oficinas, carajo, cómo se les puede pasar la fabricación de DNI, decían en interno.

Sin embargo, ese fugaz dulzor por la investigación  –comparado con la Stevia de la mañana– desapareció. La procuradora de Reniec me buscaba. La Fiscalía llamaba y la policía me interrogaba. Un compañerito dentro de la redacción me azuzaba –y asustaba–: Afuera está buscándote un tipo. Pregunta cuando vas a pagarle el DNI. Después quiere invitarte a tomarse un café y luego romperte las piernas, afirmaba con carcajada burlona, tirando los cabellos hacia atrás.

A inicios de marzo fui a declarar a la Divincri. Un desmirriado sujeto, de estatura media y ortografía de carcelero –o policía, que es lo mismo en términos de escritura– tomó la declaración. Hora, día, tus nombres completos, soltero o casado, quienes eran los sujetos, donde operaban, escuchaste nombres, dime, cuáles,  quiénes, hombres, mujeres, quién te mando, en cuanto tiempo lo hiciste, llevaste tu propia foto, te tomaron el pulgar derecho, tienes audios y el DNI, dámelos, no mejor al Fiscal. Sácale una copia a tu DNI, pero, ojo el original. Te crees pendejo, no? Chibolo huevón.

En una oficina –de 4 metros por 2– cabían 6 escritorios. Sobre ellos se depositaban rumas de papel y carpetas de investigación sobre estafas y secuestros. El aire estaba estancado y se mezclaba con los olores de la tinta de impresión y el sudor de las axilas policíacas. No se veía a los efectivos. Los fajos los tapaban. Solo se escuchaba detrás de estos el tecleo intermitente sobre la computadora y la voz de otros implicados y testigos en tono de susurro, como una confesión clerical.

Ahora me ha llegado nueva citación, como testigo por ser Esteban García y no quien digo ser –a pesar que medio mundo me cambia de identidad desde hace 25 años. Y de sexo, porque mi madre esperaba una mujer y salí yo–

No estoy de acuerdo en tener que repetir otra vez el mismo track. Otra vez viene el chibolo huevón. Esta será la última porque les diré que me iré a Katmandú, pero con el pasaporte de Esteban García.

 

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