Una de nuestras tantas muertes

Dédalo

foto 10 abr DedaloHe tratado. Luego de más de un quinquenio de labor en el rubro editorial, nuevamente la realidad me coloca en sus parajes, en su terroso, sombrío y desolado páramo. Ya quisiera yo que fuera el páramo del mexicano Rulfo, pero no, la realidad a veces es aun más que la suma de los necios recuerdos y la muerte.

Explico. Para quienes estamos inmiscuidos y sumergidos hasta la coronilla en el medio editorial independiente (quizá en una próxima vez pueda ahondar en lo que se entiende y debiera entenderse por editorial independiente) una de nuestras tantas muertes es no poder tener espacio para mostrar y comercializar nuestros libros.

Me atrevo a decir que ya atrás habíamos dejado la muerte de la poca lectura. La habíamos digerido, asumido como nuestra, como parte de la génesis de nuestro trabajo. Ahora, la otra muerte, bajo la cual nos oscurecemos un poco más, es la imposibilidad de introducirnos en el mercado, hacer que, efectivamente, un libro peruano o arequipeño sea visto como un producto de intercambio comercial y no como un obsequio, una dadiva, un sobrante que estamos dispuestos a olvidar bajo la fórmula de me regalas un libro, te invito un trago o pago el café. Hay muchas personas que SÍ merecen que un libro se les sea entregado libre de cualquier precio, pero, sin duda, NO son aquellas que ofrecen pagar la cuenta en un bar o cafetín.

Por ejemplo, NO el estado y sus distintos estamentos gubernamentales, quienes debieran ser los primeros interesados en promover la compra de lotes para crear e implementar bibliotecas públicas y escolares. NO los libreros, que bastante beneficiados ya están con la anulación del 18% del IGV en las ventas de libros de cualquier tipo. NO los intelectuales, ni los propios escritores que como tales debieran ser los primeros en acercarse a una caja de librería y cancelar el monto por ampliar sus horizontes. NO los amigos. NO la familia. Incluso NO los críticos, pues a decir verdad la crítica ha caído en un hoyo que aun hoy es imposible vislumbrar el fondo.

Pero volvamos a nuestro tema. Si bien por rudimentos marketeros deben ser obsequiados algunos ejemplares para la difusión de la obra en medios de prensa, de nada sirve ello si las grandes o pequeñas librerías no están dispuestas a aceptar entre sus decenas de miles de libros importados, las poquísimas novelas, libros de cuentos, poemarios y demás textos de las pequeñas editoriales emergentes e independientes del país y la región, quienes, valga la aclaración, son las únicas que ponen en circulación la producción de escritores locales.

Bastante sufrimiento se tiene ya escuchando la vieja frase Lo sentimos, es política de la empresa; cuando la única política conocida es la de negarse a recibir los libros sin razón alguna, o en el mejor de los casos, recibirlos para luego ocultarlos y luego de un par de años indicar que no atraen la atención del público y que más bien significan pérdidas para la empresa. Y aunque hay algunas librerías que realizan su trabajo y logran poner en circulación los ejemplares de escritores locales, muchas veces sucede que el cobro por los libros vendidos se convierte en verdaderas odiseas imposibles de soportar.

Si bien ser editor independiente es asumir todo este tipo de dificultades, también creo que es una tarea pendiente de quienes estamos comprometidos con nuestro trabajo denunciar todo aquello que detiene nuestros esfuerzos. No quedarnos con la palabra en la boca, ni tener que cambiar lo que pretendemos decir y hacer es un derecho. No todos podemos decantarnos por publicar a ex mandatarios con serias denuncias por crímenes de lesa humanidad, ni a vedettes con pasados mas que truculentos, ni a periodistas de muy dudosa línea. Algunos aun creemos en los buenos escritores y estamos seguros que esos escritores aportan mucho nuestra sociedad.

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