El hacedor de museos frente al retrato de su bisabuelo

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Un exclusivo museo del bisnieto de un combatiente de la Guerra del Pacífico

César Augusto Pérez Zúñiga (CAPZ), policía retirado y bisnieto de un combatiente de la Guerra del Pacífico, ha armado un museo que se exhibe en portales de la Municipalidad Provincial de Arequipa. Un espacio de recuerdos, una capsula de símbolos e imágenes y un pasaje con piezas históricas tan personales como universales.

Al erigir el museo con piezas de la guerra republicana más dura y triste del Perú –en memoria de su abuelo soldado–, CAPZ no solo reconstruye una faceta de la historia republicana peruana, sino narra, además, una vivencia personal tan increíble como desquiciada: las piezas, uniformes, rifles, zapatos, botones y monedas de los soldados que hoy exhibe las juntó, en cada zona donde se libraron las funestas batallas, provisto de un detector de metales y un instinto de sabueso.

Sin embargo, este cúmulo de ideas –y esta columna– no apunta retratar lo que hoy vemos: el museo. Sino trata de recomponer el día que se conocieron los elementos guardados en su casa.

Era sábado. Una comisión periodística –para el diario La República– me obligó a buscarlo. En el periódico se preparaba un reportaje sobre la desaparición y depredación de las trincheras arequipeñas construidas en la guerra de Confederación Peruano Boliviana, ubicadas en Uchumayo. Estas fueron levantadas por el ejército del ex presidente y militar Felipe Santiago Salaverry para luchar contra el general boliviano Andrés de Santa Cruz en 1836.

Después de coronar la cumbre de un cerro terriblemente empinado, la visita a CAPZ era inevitable. Entre el microcosmo de arqueólogos y directores de museo su nombre resonaba. El director del Museo de Arte Contemporáneo, Eduardo Ugarte, dio el contacto.

CAPZ vivía –y sigue viviendo– en una modesta casa en Socabaya, frente a una vasta campiña. Abrió la puerta un sujeto alto, flaco, frío, pacato y pelado, vestido con una camisa blanca percudida y un pantalón marrón empolvado. Sacó la cabeza por la rendija y preguntó si eran los periodistas de la llamada telefónica anterior. Sí, respondimos. Entonces abrió la puerta. La pieza contigua no era la sala de recepciones especiales. Era una cochera rodeada por anaqueles de latón oxidados que soportaban ceramios pre-incas –presumiblemente imitaciones –, sables, armas, periódicos, enciclopedias y documentos de hojas amarillentas.

Al interrogarle sobre el tema –la guerra de la Confederación Peruano Boliviana– en CAZP afloró un sentimiento de coleccionista y sacó de una bolsa proyectiles, monedas, botones y rifles de la gesta. El ex policía no recordaba con precisión académica los sucesos de la batalla en Arequipa, pero sí detalló con exactitud pericial las características del armamento que mostraba en ese momento. “No es una pieza cualquiera. Este rifle es una Minie francesa con la que lucharon los soldados del Ejército restaurador, opositores al pacto con los bolivianos en la batalla de Uchumayo”, manifestó empuñando el arma. Confesó que los encontró en la zona  junto a botellas rotas de vino, tres botones grabados con el escudo del Perú y broches de porcelana que sostenían los calzoncillos de los soldados, hebillas de correas, tres cucharas, seis proyectiles fabricados de hierro, dos dedales, una balanza, una caldera y monedas que se acuñaron como símbolo de los dos países confederados que llevaban una inscripción paradójica: Firme y feliz por la unión. Embebido por el viaje histórico, CAPZ susurraba entre diente una frase descontextualizada, supuestamente dicha por Simón Bolívar a José de San Martín en Guayaquil: “dos soles no pueden brillar sobre un mismo cielo”. El fotógrafo se deshacía en clickeos frente las evidencias.

Al agotar las referencias y piezas de históricas para el reportaje, CAPZ nos invitó a una segunda pieza. Al atravesar la cochera, en otra habitación, había un almacén cuidadosamente protegido que albergaba balas, rifles, escopetas, uniformes, vasijas, banderas, zapatos, espadas, balanzas y calderos pertenecientes a la guerra con Chile.

Todo estaba dispuesto en mesas pequeñas y se distribuían según los tamaños. Éstos eran los adornos de un altar familiar. Sobre todas las cosas, en la mitad del muro, colgaba el retrato de su abuelo soldado, Pablo Pérez Campell, quien luchó en batallón Zepita defendiendo Tarapacá en la guerra con Chile. La imagen reposaba en un marco con bordes de terciopelo granate y marco dorado, y  evidenciaba las facciones de CAPZ como testimonio del linaje. Era CAPZ congelado en el tiempo.

Entonces, este se paró frente al retrato y exhaló un suspiro con tierna bravura, como un animal salvaje herido: “algún día quisiera mostrar todo esto en un museo”. Bisabuelo y bisnieto, uno frente al otro, engendraba una relación misteriosa y poco cotidiana: el primero hacía la historia y el segundo la reconstruía. Dos soles brillaban sobre el mismo cielo.

Lo mostrado no era una herencia. CAPZ lo había buscado durante años con su propio dinero a pulso de instinto en zonas de combate histórico. El viaje no terminaba. Después de mostrar las piezas vinieron los documentos. Periódicos, cartas de soldados y solicitudes de jubilación al Estado Peruano tras la guerra.

Al terminar la cita, CAPZ repartió su tarjeta donde se autodenominaba “director del Museo Policial Militar Histórico y Paleontológico” que hoy exhibe. “¿Y por qué paleontológico?”, repliqué. CAPZ sacó un hueso grande y grueso como el ramal de un eucalipto. “Pertenece a un mamut”, dijo. No satisfecho con saciar su ego, trajo una roca de veinte centímetros con forma de huevo prehistórico. “Es un meteorito condrita no ferrosa que cayó en Quillabamba en la década del 50”, aseguró. CAPZ dejaba de ser un rescatista de la historia y se convertía en un coleccionista de raza.

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