Linchamiento de un hombre de principios

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

javier diez canseco 3

“Yo no he venido aquí para hacer una movidita, para ganar dos meses adicionales de sueldo. Ese no es mi estilo. Tengo 45 años en la actividad política y jamás he bajado la cabeza a ningún primer ministro, a ningún ministro de economía y a ningún ministro del interior”.

“Si me quieren juzgar por haber presidido la Comisión Investigadora de los Delitos Económicos y Financieros, que me sancionen; me voy contento. Si me quieren juzgar por haber mandado a tres miembros del directorio del Banco Central de Reserva a la cárcel por haber colocado el dinero del Perú en el BCCI, me voy contento”.

“Han dinamitado mi casa, han ametrallado mi auto, han intentado secuestrar a mis hijos, y aquí estoy. ¿Me voy a vender por 50 mil, 100 mil o 150 mil soles después de haber discutido la Ley de Regalías Mineras? Y que me fueran a visitar a mi oficina los jefes de la Sociedad Nacional de Minería y Petróleo a decirme: Aceptamos la ley de regalías, ¿pero cuál es el canje tributario? ¿Saben qué les dije?: Se han equivocado de oficina, háganme el favor de salir, busquen por aquí al costado, a ver si alguien los atiende”.

“Si me quieren sancionar por la denuncia contra cinco ministros de Estado en la época del dólar MUC y por meter preso a uno de ellos, me voy contento; si me quieren denunciar por demandar al señor Du Bois (de Perú 21) por 400 y pico millones que costó el salvataje al Banco Latino, me voy contento; pero aquí, señor, no hay un pesetero, hay una persona de principios”.

Esas fueron las últimas palabras del entrañable líder social Javier Diez Canseco en el Congreso, cuando éste fue injusta y arteramente sancionado, mejor dicho linchado, por el contubernio de los perros cancerberos del Apra, el Fujimorismo y un sector del oficialismo, obedeciendo el mandato de las mafias del poder económico. Fueron los miserables, mediocres y corruptos congresistas, junto a la traición y felonía del actual régimen, que en una de las páginas más infames de la historia política del Perú, actuaron como verdugos condenando a Javier, por su límpida trayectoria como congresista; por su indoblegable defensa de los derechos humanos, principalmente de los discapacitados; por su efectivo papel de fiscalizador; y por su insoslayable sed de justicia social. Los principales ejecutores de esta canallada, hay que decirlo, ha sido la pareja presidencial, y así lo ha manifestado el propio Javier, de otro modo no se explica, cómo después de haberse pronunciado en contra de la sanción, votaron a favor de ella, ni cómo, congresistas en otras funciones en el Ejecutivo como las inefables Marisol Espinoza y Ana Jara, asistan al Pleno, sólo para sancionarlo. Eso ha sido finalmente lo que ha matado a Javier. Ha sido la indignación contra el abuso, para un hombre que ha luchado apasionadamente toda su vida contra éste, lo que ha desencadenado un cáncer latente al páncreas. Los más renombrados oncólogos reconocen que el peor factor de deterioro de un paciente de cáncer es la depresión y el estrés. La historia juzgará a esta corte inquisitorial, a sus mandantes y ejecutores, que ahora, como Pilatos, se lavan las manos, por la ejecución del más consecuente líder de la izquierda. También es necesario señalar la honestidad y dignidad de personalidades, incluso liberales de derecha como Lourdes Flores por manifestar su desacuerdo con esta nefasta maniobra del sector más podrido de la clase política nacional. Beatriz Merino, en una declaración que la honra en su rol de defensora de los derechos ciudadanos ha manifestado que el desagravio a la memoria de Javier sólo podrá ser hecho por un parlamento venidero, pues el actual está moralmente descalificado; y la llamada “Comisión de ética”, lo que menos tiene, es precisamente ética.

Javier Diez Canseco fue mi jefe político cuando yo militaba en el Partido Mariateguista Unificado, PUM, en los años ’80. En Arequipa compartimos muchos momentos de tertulia política y de temas cotidianos; concurrimos a fiestas, le gustaba bailar salsa, lo hacía muy bien, pese a las secuelas de la polio. También tuvimos divergencias, criticamos su sectarismo en el frente interno; pero jamás cuestioné sus condiciones de líder y su valentía para enfrentar el poder económico y político de la derecha. Siempre consideré que Javier era la más estentórea voz de denuncia de los abusos cometidos contra los dirigentes populares y los más humildes y desprotegidos pobladores de este país. Después implosionó el PUM y la IU, y nos dejamos de ver como 10 años; nos reencontramos el ‘98 en un acto de unificación de fuerzas contra la dictadura de Fujimori en el Centro Cívico de Lima, nos abrazamos con mucha nostalgia. En ese acto, Javier reconoció autocríticamente que, por su vehemencia, en la década anterior, había actuado en varias situaciones en una forma sectaria. La última vez que nos vimos fue como hace dos años, antes de las elecciones, me dijo que no iba a ser candidato al Parlamento, que esperaba una Constituyente para volver al Congreso. No sé porqué volvió, intuyo que fue porque tuvo esperanzas, aunque sea por una pequeña transformación del gobierno de Ollanta. Qué decepción. Qué lamentable que un cáncer, ferozmente acelerado por este Gobierno y este Congreso, se lo haya llevado en tan poco tiempo. Pero, como muchos ya lo expresaron, queda como un faro, su ejemplo.

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Una respuesta a “Linchamiento de un hombre de principios”

  1. Esta es la columna de Luis Maldonado Valz, dedicada a JDC

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