El delirio del ind–s–ulto.

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A estas alturas de la vida política –con la mitad del gobierno en curso por la sociedad H. H. (Humala Heredia) y el indulto negado a Alberto Fujimori (A.F.) –, resulta un delirio ver cómo ambos bandos –H.H & A.F. – se preparan para la batalla. No importa el contingente de los recursos, el calibre de los modos o la magnitud de las acusaciones. La guerra está declarada.

El inmenso detalle es que la única víctima del enfrentamiento es la apaleada salud mental de la ciudadanía: videos psicosociales con la actuación especial de A.F. presuntamente agonizando en una cama, Humala huyendo de los periodistas para no responder sobre el indulto, Keiko Fujimori reivindicando a su padre como el mejor presidente de la historia del Perú, etc. Todo ese universo es un verso, es un delirio.

El resultado de la semana pasada –la negación del indulto– promete un segundo round con más escoria. Primero porque A.F. sigue siendo el único sujeto en el mundo con ganas infinitas de contraer un cáncer terminal, segundo porque Humala va a titubear más que nunca –vía satélite– y tercero porque Keiko, Kenyi –y su perro amante– van a movilizar a medio país, desde el tercer domingo de junio, con la idea del progenitor a punto de morirse. Es obvio. El delirio se saldrá de control y A.F. va hacer lo imposible por mudarse de fundo Barbadillo. Lo raro es que Ollanta Humala va seguir meado de pánico saber que tiene a un sector del país en contra. Ollanta, ¿No puedes caerle bien a todo mundo?  La mitad del Perú tiene que cagarte a palos alguna vez.

Ahora bien, si se ve con detalle los movimientos de Humala anunciando la negación del indulto, éste no lo dijo en primera persona: “he decidido no darle el indulto a A.F”, sino pronunció en tercera persona para referirse a él –o tal vez a Nadine–: “el presidente es el único responsable de otorgar o no el indulto… el indulto no procede”, e inconscientemente genera la sensación que evita el tema espinoso, duro, susceptible a críticas y nervioso por las encuestas.

En realidad, estamos sujetos –los ciudadanos– a una patética batalla que no tendrá final. Va más allá del suceso. Si sale Fujimori, la ola revolcará a Humala y en parte diluirá los sueños de su mujer para ceñirse la banda bicolor. Si A.F. sigue en cana, la horda naranja tendrá un cuadro de Humala para jugar tiro al blanco hasta el final de sus días. No hay forma de escapar a esta inconsecuente, celebre y triste pelea de dos bandos inservibles.

Y seguimos eligiendo. Humala y Keiko están aún en nuestro colectivo imaginario de elecciones. Vamos metidos en este carrusel desde la última elección presidencial. Si estamos favor o no del indulto pertenece a esta elección que no se cierra.

Es un delirio creer que el 50 + 1 votó por Humala más convencido por una decisión de dignidad que ideología política o simpatía partidaria, convencido en evitar que Keiko llegara a Palacio. Es decir, no se vota por Humala sino contra la primogénita de los Fujimori. Es un delirio además que esta panorama se reeditará para las próxima contienda y dejará a los votantes con la nariz tapada frente a la disyuntiva del honor y dignidad del país o la concreción de un monstruoso panorama de los F. en el poder.

La circunstancia actual –el no indulto– sigue siendo igual: un accionar de dignidad. Nadie debe ensalzar la posición de Humala por no liberar A.F. Era una cuestión de lógica común anularle esa posibilidad al ex dictador. Sin embargo, lamentablemente, Humala solo se dio cuenta de esa lógica común al percatarse que su investidura le otorga la posibilidad constitucional disolver condenas. Ollanta, querido, millones de peruanos se dieron cuenta que A.F. no podía salir. Y, ojo, ellos no tenían esa facultad que ostentas.

 

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