Haciendo limpieza

Resacas

limpiandolacasa

A Thomas Pynchon

¿Si para estar contento —o para tener, por lo menos, la posibilidad de estar más o menos bien— hace falta antes que la casa esté limpia? Hacía dos o tres semanas que no lavaba el servicio y una ruma de platos, sartenes y ollas, vasos y jarros, en precario equilibrio, amenazaba con venirse abajo. Eran más bien dos rumas, apoyándose una contra otra. Lo primero que había que hacer era despejar el fregadero y organizar platos por un lado, sartenes y ollas por otro, vasos y jarros más allá y dejar los cubiertos allí donde estaban, al fondo del fregadero para que, a medida que se iba lavando una cosa u otra, el agua y detergente, combinados, fueran enjuagando superficialmente cucharas y cucharitas, cuchillos y tenedores, hasta que les llegase el turno de la esponja. Era posible, si te detenías a observar los restos de comida pegoteados aquí y allá, saber exactamente de qué me había alimentado las últimas dos o tres semanas: ají de gallina, seco de cordero, saltado de atún, adobo, lomo saltado, dieta de pollo, pollo a la naranja, estofado de pollo, pollo a la brasa, palta, rocoto relleno, gelatina, té, café, yogurt, matasquita, frituras, etcétera. La esponja, esa que por un lado es amarilla y por el otro verde, estaba casi nueva. Lo mismo el lavavajilla en pasta. Le subí el volumen a  la música y me quedé en la cocina fregando, que el agua se lo llevara todo hacia esas regiones oscuras —alcantarillescas, cloacales— en las que habitan gnomos de mierda, lagartos albinos, ratas convertidas al cristianismo y demás alimañas.

Ya había puesto mis tres mudas de ropa a la lavadora y así trajinaba en la vajilla, en la ilusión de que mejor no podía aprovechar el tiempo. Mientras yo lavaba el servicio, mi ropa se lavaba sola. Puse a hervir agua para luego echarla en ollas y sartenes. A la hora interrumpí la fregadera para sacar sábanas y fundas y cobertor y subirlas al techo. Colgué a secar mis tres mudas de ropa y metí a la lavadora todo más mi bata, mi querida bata. Pese a que tengo otro juego de sábanas y fundas nunca lo uso porque estoy bastante acostumbrado al mío y prefiero esperar a que seque para devolverlo a donde pertenece. Cámbiame el juego de sábanas y lo más probable es que no pueda dormir en cuatro días. Terminé con las rumas (palabra de origen amerindio que sólo he encontrado en Bolaño) y respiré más o menos aliviado. Para acabar con la entropía no basta con lavar los platos.

Producto de los últimos terrales, el patio y la mini-terraza —más bien balcón— se hallaban completamente inundados de polvo. Había llegado la hora de barrer. Cogí la escoba y sin demasiado entusiasmo, porque así se hace más grato, barrí con indiferencia un promedio de medio kilo de polvo, tierra y otras basuritas. La bolsa negra de la basura empezaba a tomar cuerpo. Había que seguir barriendo. Barrí el patio, las gradas que dan al techo, la cocina, la sala y mi cuarto. Si bien no barría hacía meses, debajo de mi cama no barría en años. Metí la escoba y cuando intenté arrastrar hacia fuera toda la mugre, hubo cierta resistencia. Como si alguien debajo de la cama se hubiese agarrado y encariñado a la escoba. Jalé con todo hasta que la inocente criatura cedió y pude sacar gran parte de lo que había allí debajo. Repetí la misma operación cuatro veces. He aquí el inventario de lo que había —que aún podía reconocerse— debajo de mi cama: chips de celular, fósforos utilizados y sin utilizar, cigarrillos, colillas de cigarrillo, lápices de colores (entre ellos, heliotropo, muy difícil de hallar), aretes, una pulsera (aparentemente de plata), un casete sin cinta, una revista en la que aparecía Scarlett Johansson, otra más subida de tono, tres discos manchados de algo, un revólver de juguete, una esfera de lapislázuli, papeles escritos con letra absolutamente ilegible, pedazos de papel higiénico, una pequeña cruz de madera, pastillas, teclas de piano (blancas y negras), toneladas de polvo y ceniza, preservativos, cáscaras de limón, pedazos de vidrio, una lupa, llaves, lentes de sol, una cuerda de guitarra hecha tirabuzón, ganchitos para el pelo, tres botellas, un chullo, cáscaras de plátano y de granadilla, medias, zapatos, calzoncillos, una herradura y una pata de conejo amarradas con una pita (inútiles), un alfil blanco, una reina negra, un guante de lana, cadáveres de polilla, un sostén, dos encendedores, envolturas de caramelos de limón y de chicha morada, caramelos de limón y de chicha morada partidos por la mitad, etcétera. Una vez que terminé de barrer toda la casa —nueva bolsa de basura— me sentí más o menos aliviado. No hace falta sólo barrer para acabar con la entropía. Pasar el trapeador, con esencia de lavanda, resultó de lo más sencillo. Con varios trapos húmedos limpié el polvo de muebles, libros, aparatos, adornos, mesas, sillas, aparadores, alféizares, puertas, ventanas, etcétera.

Se suele decir que a uno se lo reconoce por cómo tiene su baño. Podría decir —en mi defensa— que la entropía se la ensaña principalmente con el baño. No quiero describir demasiado y arrugar tu sensible naricita, trataré de hacerlo lo más poéticamente posible. Arrodillado, escobilla en ristre, con mandil de plástico y guantes de goma hasta los codos, restregué entusiasta la porquería encostrada en las paredes de la loza. Vacié los papeles sucios —los del tacho y los que habían quedado dispersos alrededor— en otra enorme bolsa negra y me incliné a observar, entre los arrugados pliegues del papel higiénico, la huella que deja la mierda. Flores de un bosque secreto, oculto entre los pelos del agujero del culo. Flores exóticas, ideales para regalar en el día de San Valentín. La entropía —por fin— empezaba a ceder.

 

 

 

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