Pacayo

Takanakuy

Te escribo esta carta, Emilia, porque de pronto sentí miedo. Porque la otra noche se me ocurrió pensar que tal vez estabas olvidando. Porque la memoria es frágil –muy frágil en este país insisten algunos pesimistas– y a tus recientes cuatro años de edad se pueden evaporar algunos recuerdos.

Te escribo esta carta para que no te olvides de tu abuelo Ricardo. Para que recuerdes que desde que tenías un año comenzaste a llamarlo “Pacayo” porque no podías pronunciar correctamente “papá Ricardo”. Te escribo para que recuerdes a tu abuelo y, también, para que lo conozcas un poco más.

Para que recuerdes que era el único que te compraba helado sin estresarse por el clima o el almuerzo. Para que recuerdes que salían juntos en busca de aquel postre congelado cada vez que llegaba de viaje. Que todo era risas cuando ustedes dos se juntaban.
Para que sepas que él te hubiera recogido del jardín en cada oportunidad de sacarle tiempo al trabajo. Y te hubiera llevado la mejor hamburguesa del mundo a casa si es que se enteraba que estabas con gripe en cama.

Te escribo para que sepas que si él aún estuviera vivo te habría enseñado a construir las mejores cometas del mundo. Un día se aparecería en casa con paja de cortadera, pabilo, papel cometa y su casete de Beethoven. Primero debes cortar el carrizo, te habría dicho. Luego armar una estructura y asegurarla con el pabilo. Engominar los bordes, pegar el papel previamente cortado. Lo más importante es hacerlo con buena música, las sonatas de piano de Beethoven son excelentes para tensar la paciencia y los hilos de la cometa, habría finalizado.

A él le gustaría llevarte de paseo. A ti te gustaría más. Incluso hubieran llegado a cruzar un río, un bosque, una ciudad. Y te cuento que seguramente tu abuelo se hubiera ofrecido como guía scout en tu colegio, para que tuvieras la gran oportunidad de cultivar el escultismo, aquella extraña vocación que nos hace mejores personas a través del código morse, extrañas canciones, el ejercicio de los nudos y la elaboración de artilugios de supervivencia. Si tu abuelo estuviese vivo te hubiera dicho que hay que estar SIEMPRE LISTOS. Se hubiera preocupado en la construcción de tu ciudadanía mucho antes que tus profesores del colegio o nuestro adolescente Estado.

No se hubiera perdido ninguna de tus actuaciones como no se perdió ninguna actuación de la banda de música en la que su hijo hacía el intento de tocar clarinete. Te hubiera acompañado a tu primer concierto pop y siempre habría tenido tiempo para llevarte a ti y a “tu mancha” a los quinceañeros como lo hizo con tu mamá.

Él hubiera elegido las invitaciones perfectas si es que hubieras decidido hacerte esa fiesta que ya va pasando de moda. Es más, él mismo las habría hecho porque de joven fue tipógrafo y vivió la transición que sufrieron los tipos por el mimeógrafo y luego por el offset. Él aprendió diseño gráfico usando una 486. Diseñaba en Word aunque muchos no crean y luego fue uno de los más entusiastas descubridores del Corel Draw con la llegada del Windows 95. Tu abuelo era una persona muy creativa, diseñador nato, de allí que sus hijos hayan salido un poco locos, sino me crees, échale un vistazo a tu mamá y sus proyectos loquísimos a pesar de sus libros de medicina en medio de ese look de Hermione Granger que aún conserva.

Te escribo Emilia para que sepas que papá Ricardo te quería mucho. Te amaba. Que me miró feo el día de tu nacimiento porque lo único que yo hacía era tomar fotos de todo eso y no expresar natural preocupación por ti y tu madre, por no esperar nervioso y silente, como todos, en un piso del hospital Honorio Delgado, esperando que una enfermera de cabello teñido nos diga que había nacido una hermosa niña en perfecto estado de salud.

Te escribo esta carta ahora que no sabes leer para que la guardes y la leas algún día que la necesites. Para que recuerdes a ese soñador que era tu abuelo, aquel “sabelotodo” que podía preparar la mejor parrilla del barrio, redactar el proyecto más complejo, administrar los recursos de una obra interprovincial o cambiar, solito, la instalación eléctrica de la primera casa donde viviste. Ni hablar de sus dotes culinarias, su destreza para el básquet o su capacidad de locución comprobada al momento de llamar a alguna radio para opinar de esto o aquello. No hablaré de su época de adicto a las revistas Selecciones (¡Leía hasta cuando viajaba en las viejas enatrus noventeras!)

Te escribo esta carta porsiacaso, por si algún día te sientes sola. Para que sepas que tu abuelo te acompaña como ha seguido acompañando y cuidando a sus hijos. Para que sepas que tu abuelo siempre estará contigo. Para que nunca tengas miedo de pedirle un consejo o una ayuda. Por si alguna vez necesitas hablar con alguien y todos están ocupados (¿sabes? tu abuelo tenía una capacidad increíble para entablar conversación con todo el mundo, sabía mucho de muchos temas y siempre te sorprendía). Te escribo esta carta, también, porque no tengo a nadie más a quien escribirla. Porque de pronto sentí miedo. Porque la ora noche se me ocurrió pensar que tal vez lo estabas olvidando. Te escribo Emilia para que algún día, cuando vuelva a sentir miedo, tú me recuerdes todo esto que tu abuelo hizo conmigo.

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