Qué ganas de desaparecer

Resacas

 

A Seymour Glass

En la novela que Vila-Matas escribió sobre autores que prefirieron desaparecer (Doctor Pasavento), a Salinger le dedica a penas unas cuantas líneas. Tal vez le resultaba demasiado obvio; además, la debilidad del español es más bien los escritores europeos, de preferencia franceses. Sin embargo, no cabe duda que el colmo del autor invisible no ha sido otro que J. D. Salinger. Una vez publicados sus cuatro libros colgó la tinta, tiró la lapicera, desmontó su vieja máquina de escribir y se recluyó lejos de todo. Y levantó un altísimo muro de ladrillos alrededor de su casa, en las afueras de New Hampshire (donde queda ese famoso hotel que exhibe —exhibía— un oso amaestrado).

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El guardián entre el centeno (1951, apunto las fechas de publicación de los textos originales) convirtió a Salinger en un escritor de culto. Quienes no lo han leído —no podría ser de otra manera— afirman que Salinger no pudo con tanta fama repentina. Aseguran que el acoso incesante de los periodistas motivó su radical misantropía. En realidad, desaparecer era parte del plan, era el plan mismo, la trama a partir de la cual Salinger se anima a escribir (y a publicar). En uno de los primeros capítulos de El guardián…, Holden se deshace de su máquina de escribir, la vende por muy poco a uno de sus compañeros. En otro pasaje, Holden menciona a su hermano mayor, autor de un libro de cuentos titulado “El pez dorado” (sobre un niño que no dejaba a nadie ver su pececillo, su invisibilidad lo hacía más querido); dice de este hermano que se había “prostituido” porque ahora escribía guiones para Hollywood. Hacia la mitad de la novela, Holden se imagina una vida ideal: se haría pasar por sordomudo, y a la gente le costaría tanto comunicarse con él que luego ya ni lo saludarían. En otro pasaje intenta convencer a una chica —que ni siquiera le gusta— irse a vivir a los bosques, en una cabaña de troncos, lejos del barullo. La novela toda es una iniciación a la misantropía: Holden desea alejarse de los hombres para no perder su amor a la humanidad. Suena contradictorio, insostenible, pero el amor que este adolescente siente por la humanidad entera es tan fuerte como el rechazo —visceral— que le inspira cada sujeto, mujer u hombre, que se cruza en el camino. Los únicos en salvarse de este rasero pesimista son los niños.

Salinger dedica el resto de su obra a la peculiar familia Glass (“vidrio” que, como sabemos, es transparente, invisible). En esta breve saga el protagonista es Seymour Glass, que suena a “see-more-glass” (“ver-más-vidrio”). Su primera aparición es en el cuento “Un día perfecto para el pez banana” (Nueve cuentos, 1953); relato de una luna de miel que termina con el suicidio de Seymour. El protagonista, alrededor del cual Salinger va a escribir el resto de su obra, se dispara un tiro en la sien como saludo de bienvenida. En Franny y Zooey (1961), se encienden tantos cigarrillos (en cada habitación, incluido el baño, hay un juego completo de cajetilla, cenicero y fósforos) que el humo crea una espesa neblina que hace invisibles a todos los personajes. Conversan entre sí pero no pueden verse. En Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963), Buddy —álter ego de Salinger— relata el día de la boda de Seymour; son cerca de cuarenta páginas en las que Seymour jamás aparece (deja plantada a la novia con la que luego, en “Un día perfecto…”, se va de luna de miel).

Aún así, Salinger seguía siendo el autor de El guardián… y nada podía hacer para evitar ser considerado un escritor de culto. Excepto adjudicar la autoría de su novela a uno de sus personajes. En Seymour: una introducción (1963), la última de sus publicaciones, Buddy Glass, el escritor de la familia, hace referencia a esta “única novela que he publicado” sobre “este joven personaje” y que todos creen que se trata de Seymour. Salinger no era más el autor de El guardián… sino Buddy, uno de sus personajes que, dicho sea de paso, vive alejado de todos, en una cabaña construida en la montaña.

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